Capítulo ∞ – 19

 

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Los primeros cantos de la chicharras anunciaron los últimos días de clase. La húmeda primavera estaba llegando a su fin y con ello las gordas medias azules que cubrían las pantorrillas de las niñas habían quedado relegadas dentro del fondo del cajón. Ataviados en sus uniformes, los alumnos contaban cada hora, cada minuto, cada segundo, que faltaba para poder salir de aquel aula con la única meta de huir del colegio para así poder refugiarse unos en la tranquilidad de sus casas, otros en los salones recreativos, las más avispadas en las tiendas de ropa y Shibuya y las más solitarias en el mullido césped que a veces teñía de verde las faldas color azul marino así como los muslos níveos y puros.


A las tres de la tarde, el sonido inconfundible del timbre dio fin a la clase de caligrafía. Casi como si se tratasen de instrumentos antiguos e irremplazables, los obedientes pupilos guardaron sus plumas en los respectivos estuches una vez se aseguraron de haberlas limpiado bien y, uno por uno, se levantaron de sus pupitres y fueron a guardarlas en el mueble en el que siempre se dormían, aburridas, hasta que sus manos jóvenes y llenas de vida las reclamaban.

El sol del comienzo de la tarde golpeó sus rostros y los llenó de vida. Las niñas se agrupaban y se buscaban entre el alboroto que creaban los niños, siempre más escandalosos que ellas quienes, con todo el cuidado del mundo, se subían en sus bicicletas, normalmente heredadas de sus madres o hermanas, y se encaminaban de nuevo hacia sus hogares. Sin embargo, no todas mantenían el mismo recorrido. A veces, se escabullían entre las calles más pequeñas y menos transitadas para así poder buscar alguna tienda barata en la que comprar un helado o un dulce antes de llegar a casa.

Las pequeñas mochilas de piel no pesaban atadas a sus espaldas. Apenas sí llevaban ya libros o cuadernos esos días. Las clases estaban a punto de acabar y con ello se daba paso a su libertad. La misma que algunos de esos niños y niñas encontraban paseando a través de los caminos desgastados de los parques o de las pequeñas orillas de los ríos. Las bicicletas y las mochilas siempre a su lado. Los pies calzados con los zapatos escolares y las medias azul marino eran los que marcaban el ritmo del paseo. Primero el derecho, luego el izquierdo. Primero el derecho, luego el izquierdo. Y así hasta marcar un paseo lento pero reconfortante a lo largo de su mente. Porque, al tiempo que caminaban junto a su bicicleta para no cansarse al pedalear, sus mentes viajaban a otros mundos, a otros horizontes en donde ya eran adultos y tenían las vidas con las que sus padres soñaban por ellos.

El sonido del agua del riachuelo al correr sonando contra las pequeñas rocas era de lo más tranquilizador. Apenas sí se escuchaban ya las chicharras cantarinas mientras cada pupilo volvía a su rutina habitual. Pero, como de costumbre, siempre había alguno que se distanciaba un par de pasos de aquella línea recta y acababa sobre el asiento del parque cercano a su casa, disfrutando del dulce sabor de un helado de hielo y sirope mientras observaba cómo la flores de los cerezo se movían con nostalgia, con pereza. Casi como si supieran que el punto más álgido de su belleza estuviera a punto de desaparecer y que, en unos meses, acabarían creando un suave manto rosado en las aceras, en los caminos desgastados de los parques, sobre el que los estudiantes caminarían con desgana cuando la tristeza del verano les guiase de nuevo hasta el otoño.

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