Capítulo ∞ – 18

thA6BJ33El bosque de dioses se presentó ante él como un fantasma infinito. Pese a que hubiese pasado cerca de un centenar de años desde que lo quemaron, no había conseguido recuperar la fuerza y la espesura que lo caracterizaban. A cada nuevo paso que daba, sentía cómo se le erizaba la piel.Aquel lugar debía de estar plagado de almas incesantes que viajaban sin rumbo. Sin embargo, eso no impidió que ignorase la decena de advertencias que le dio Zvezda acerca de aquel lugar.

No, él no necesitaba que una hechicera le metiese miedo. Él era Halfdan Ragnarsson, hijo de Ragnar, y no temía a nada ni a nadie. Menos aún a la muerte de la que ya había regresado de manos de aquella mujer a quien sabía que, algún día, asesinaría con sus propias manos obteniendo así su libertad. Pero, mientras tanto, no le quedaba más remedio que sucumbir a sus órdenes, a aquel hechizo que le mantenía unido a ella por toda una eternidad.

El silencio del bosque tan solo era roto por el ruido que creaban sus pasos al caminar. De vez en cuanto, rompía alguna que otra rama muerta y abandonada a su suerte, por lo que se maldecía mentalmente. Lo último que necesitaba era ahuyentar a los lobos huargos, en el caso de que aún quedase alguno. Sin embargo, y pese a que aquella bruja de ojos color agua de mar le hubiese dicho que se habían extinguido junto a los Stark él estaba más que convencido de que lograría hallar aunque fuese un viejo espécimen al que ella le devolvería su fuerza y su poder. Si Zvezda tenía el poder de controlar a los animales, ¿por qué él no podía tener a su lado a un lobo huargo que le ayudase en sus cacerías?

Con aquellos pensamientos en mente, continuó adentrándose en el bosque, ignorando las señales que comenzaban a arremolinarse a su alrededor. Tal y como Zvezda le había advertido, los espíritus y almas atormentadas de muchos hombres y niños del Norte vivían en aquel bosque que habían convertido en su hogar por lo que, cualquiera que fuese mínimamente sensible a la brujería, sería capaz de percibirlos. Pero, Halfdan, obcecado en una única idea, continuó adentrándose en el bosque que, poco a poco, se fue convirtiendo en un amasijo de árboles y vegetación que parecían, al mismo tiempo, quemadas y congeladas. Sin darse cuenta, había traspasado el umbral de la magia y se había adentrado en el reino de las ánimas, de los condenados, de aquellas almas que divagaban en el único lugar que habían conocido como hogar y del que no pensaban desprenderse porque su muerte no había sido a mano de los Siete.

Poco a poco, la piel de la nuca de Halfdan se fue erizando al ser consciente de que la negrura era cada vez mayor. Pero, llegado a aquel punto, no sabía cómo regresar. Sin darse cuenta se había sumido en la más profunda oscuridad por lo que, pese a que abriese sus ojos azules todo lo que estos diesen de sí, no era capaz de ver ni siquiera un ápice de luz. Como consecuencia inmediata, se concentró en el resto de sentidos, lo que provocó que comenzase a escuchar voces a su alrededor que no habían estado allí hasta ese momento. Y, tras unos segundos, supo que hablaban en alto valirio. No porque él lo entendiese, sino porque había escuchado a Zvezda pronunciar demasiados hechizos y maldiciones en aquella lengua antigua que ya casi nadie hablaba en Poniente.

Convencido de que esa vez sí había llegado a su fin, Halfdan, cerró los ojos y llevó la mano derecha a la empuñadura de su espada. Si debía morir, lo haría luchando. Pelearía contra los fantasmas de ser necesario pese a que no fuese capaz de atravesarlos con el filo de aquella espalda que la hechicera le regaló para que la empuñase en su nombre. Antes de poder preverlo, sintió un mordisco en el gemelo izquierdo. Los dientes eran pequeños, como agujas, y el gruñido que nació de la boca que los acogía era bravo, fiero. De un animal salvaje. Pero, tal y como esperaba, no fue capaz de apartarlo de sí porque se estaba enfrentando al fantasma de algún pequeño cachorro que hubiera muerto en el gran incendio. Con el único pensamiento de que si había uno, habría más, se revolvió tratando de apartarlo de sí sin éxito alguno. Y, antes de lo que hubiera deseado, aquel temor se hizo realidad. Frente a él escuchó un gruñido que no supo reconocer y se dio por perdido. No habría nada ni nadie que lo salvase de luchar contra un fantasma en completa oscuridad. Pero, pese a saber que su muerte sería inminente, no se resistió. Blandió la espada a ciegas cuando sintió un golpe seco en el pecho que provocó que cayese al suelo. Y, acto seguido, recibió un nuevo mordisco, solo que esa vez fue en el brazo. Creyendo que aquella bestia le había arrancado un pedazo de carne, se movió con la única intención de zafarse de él. Pero, ¿cómo se podía uno defender de un fantasma con las manos desnudas y una espada?

Un nuevo gruñido llegó hasta él junto a un segundo mordisco, solo que, su atacante se lanzó sobre su muslo izquierdo, provocando que chillase con fuerza. Ahora sí estaba todo perdido. Nadie sabía dónde estaba y, aunque aquella maldita bruja lo supiera, no iría nunca en su búsqueda. Dándose por perdido, cerró los ojos cuando escuchó un nuevo gruñido al, acto seguido, siguió un quejido lastimero. Sorprendido ante aquel golpe de suerte, se puso de pie tan solo para caer al suelo por culpa del dolor que sentía en la pierna. Los dientes de aquella bestia habían atravesado el músculo por lo que apenas sí podía moverse. Pero, si algo tenía claro, era que no podía permanecer allí más tiempo si quería sobrevivir. Completamente desorientado, comenzó a arrastrarse por el suelo, hiriéndose a su paso con matojos de espinos que nunca supo que estaban a su alrededor y que le arañaron los brazos y el rostro. Si lograba salir de allí con vida, Zvezda se reiría tanto de él que desearía acabar con ella con todas sus fuerzas pese a saber que no podía hacerlo. De nuevo, la bestia se lanzó sobre su espalda y, en cuanto sintió de su cuerpo clavándolo en el suelo, este desapareció en cuestión de segundos al mismo tiempo que escuchaba un alarido.

“Inconsciente”

La voz inconfundible de la hechicera llegó hasta él como si se tratase de un regalo de los dioses. Había logrado dar con él pese a la densa oscuridad que había en el bosque. Y, tras un par de segundos, recordó que ella misma le explicó que en otra vida había sido la gata de una de esas diosas por lo que era capaz de ver en la oscuridad así como de pelear con los fantasmas y almas errantes.

“Mi señora, ayudadme… os lo suplico” El orgullo y el odio que a veces sentía por ella desaparecieron en el mismo momento en el que sintió sus manos suaves y cálidas acariciar su rostro lleno de arañazos. “¿Volverás a ignorarme cuando te diga que no vayas solo a lugares que desconoces?” “Nunca, lo juro por los dioses antiguos y nuevos” susurró buscando sus brazos a ciegas para poder ayudarse en ellos y así levantarse.

En cuanto Zvezda leyó aquel gesto, lo incorporó con facilidad y le ayudó a subir a su caballo blanco, el cual relinchó de repente, como si también hubiese intuido algo que él siquiera era capaz de imaginar.

“Vaya, vaya…” la escuchó decir mientras se dejaba caer contra el cuello de Thaos “Al final has encontrado lo que buscabas, solo que no en la forma que pretendías”

Halfdan no entendió aquel comentario hasta que llegaron al pequeño campamento en el que se habían apostado. A los pies de Zvezda, correteaba un pequeño lobo huargo blanco que atravesaba árboles y rocas.

“Es un fantasma”

“Lo es” la escuchó contestar pese a que no había sido consciente de haber hablado, aunque seguramente sí lo habría hecho “Aunque si me juras que no volverás a tomar en vano mis advertencias, puedo darle nuevamente la vida. Pero, si lo haces, aunque sea solo una vez, le cortarás la cabeza tú mismo” “Lo juro” aseguró más por el terror que había pasado en aquel lugar que por el hecho de tener a aquel animal consigo. “Que así sea entonces. Esta noche hablaré con los dioses para que me ayuden. Pero, ahora, hay que curar tus heridas. Son peores las de los muertos que las de los vivos”

Al contrario de lo que hubiera esperado, Zvezda lo ayudó a bajar del caballo mientras veía cómo el lobezno correteaba alrededor de la capa roja de la hechicera. No demasiado convencido, se dejó guiar por ella hasta lo que en otro tiempo había sido una pequeña laguna de agua caliente y, sin oponer resistencia alguna, se dejó desnudar por ella y se introdujo dentro de esta, viendo como ella misma se desnudaba y, una vez dentro de acercaba a él.

“Debes ser más cuidado Halfdan. Aquí viven demasiados fantasmas, demasiados recuerdos. Conmigo, estás a salvo. Pero, solo, puedes morir a manos de ellos”

Como si se tratase de un niño, asintió mientras observaba como Zvezda cogía agua entre sus manos y las llevaba directamente a las heridas de su rostro, de sus brazos, notando segundos después que el dolor se iba calmando poco a poco. “¿El agua es mágica?” preguntó atreviéndose a llevar sus fuertes y varoniles manos hasta las caderas de aquella mujer, atrayéndola de esa forma hacia sí “No, no lo es” susurró dejándose arrastrar por él y, en cuanto se pegó completamente a su cuerpo, pudo sentir el falo erecto de Halfdan en su bajo vientre, lo que provocó que una sonrisa de dibujase en su rostro. “No puedes evitarlo, ¿verdad?”

Que negase al tiempo que se apoyaba contra las piedras de forma relajada fue todo lo que Zvezda necesitó para guiar su falo hasta el interior de su cuerpo. Sin prisa alguna, la hechicera se acercó hasta él y besó sus labios con cuidado, como si tratase de advertirle nuevamente de algo. “No olvides nunca que di una parte de mí para traerte de vuelta conmigo, Halfdan. Me perteneces. Eres mío aunque no lo quieras. Si eres cauto, obediente, leal, yo seré piadosa contigo. Te entregaré todo el placer que desees y gozaremos juntos cada noche, tarde o amanecer. Pero, si por el contrario me traicionas…”

Antes de que pudiera terminar la frase se adueñó de su boca al tiempo que comenzó a moverse dentro de ella. No quería escuchar sus palabras. No quería que le recordase una vez más que su vida estaba en sus manos, que podría hacer con él cada cosa que desease y que, a poco que se lo propusiese, lo trataría como si fuese un muñeco de trapo de los que les regalaban a las niñas. Sin embargo, aquella noche los labios de Zvezda eran más dulces, más cálidos, al igual que sus manos y, pese a no quererse dejar por aquella calidez que rodeó su cuerpo, la abrazó contra sí con fuerza siendo consciente por primera vez de que, realmente, le debía todo a ella.