Halia

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Capítulo 6: verdad.

Las palabras que Tazzia le había dicho en el coche se paseaban a sus anchas a lo largo de su mente. ¿Sería realmente cierto que era la música quien escogía a las personas y no al revés? De ser así, tendría sentido que Beethoven fuese un magnífico compositor a pesar de su sordera. Porque, ¿qué era más irónico que el hecho de que un músico no fuese capaz de escuchar? A su punto de vista, pocas cosas. Incapaz de dormir, salió de la cama y comenzó a dar vueltas a lo largo de la habitación. Por un lado, sentía la necesidad de escribir a Tazzia. Quería darle las gracias, no solo por su compañía, sino también por las cálidas palabra de aliento que había recibido sin que siquiera tuvieran una relación real. Sin embargo, cuando ya tuvo el móvil en su poder y los nervios revoloteando por su estómago, escuchó el sonido inconfundible de algo rompiéndose. Su primer pensamiento fue que había entrado algún ladrón en la casa, por lo que se quedó completamente rígido. Asustado, caminó hacia la puerta del dormitorio y abrió una leve rendija a través de la cual pudo escuchar voces que provenían de la planta de abajo. Estas parecían acaloradas. Como si alguien se estuviese peleando. Sin saber qué estaba pasando, salió descalzo de la habitación, sintiendo bajo sus pies la textura de la moqueta color crema que recorría todo el pasillo hasta morir en las escaleras, por las cuales bajó despacio, escalón tras escalón, con las manos apoyadas en la barandilla a la que se aferraba con fuerza sin ser consciente de ello.

De repente, su propio nombre llegó hasta él, por lo que se quedó paralizado en el recodo de la escalera, creyendo que alguien le había descubierto. Pero, tras contener la respiración un par de segundos, bajó un par de escalones más, hallando la figura de sus padres en el reflejo de un enorme espejo que había colgado en la pared y a través del cual se podía ver lo que había en el salón principal. Desde allí, pudo observar cómo peleaban, cómo se lanzaban puñales en forma de palabras a cada cual más hiriente. Tras un par de minutos, fue capaz de hilar las palabras, las frases que llegaban hasta él y que terminaron por arrancarle las lágrimas que llevaba años guardando para no decepcionar a aquellas dos personas que lo odiaban. Ella, por no ser su hijo biológico. Él, porque ella había conseguido que lo viera como un error del que se arrepentía, un error que no tendría que haber nacido y al que estaba en la obligación moral de cuidar porque era su hijo. Incapaz de girar sobre sí mismo para subir hacia su habitación, dejó que las fuerzas le abandonasen hasta que se sentó sobre aquel escalón y se abrazó a sí mismo con desesperación, comprendiendo al fin por qué nunca hallaba tristeza en los ojos de la mujer a la que consideraba su madre cada vez que volvía a aquel internado. Desde su nueva posición, escuchó cómo discutían acerca de mandarlo lejos de nuevo en cuando comenzase el nuevo curso escolar. Hablaban de Estados Unidos, ni siquiera de Londres. No, querían llevarlo mucho más lejos, olvidarse de él como si nunca hubiera existido. Sin embargo, no sería necesario que hicieran eso. De forma instintiva, subió a su habitación con los ojos llenos de lágrimas y, sabiendo que no podía ser de otra forma, buscó en la parte de arriba del armario empotrado la maleta que solía llevar siempre a Londres y la llenó de ropa, de sus cuadernos llenos de canciones. Sabiendo que nadie se enteraría si se iba en aquel momento, se puso el chaquetón negro sobre el pijama y se calzó las deportivas blancas, sin molestarse en buscar un atuendo más apropiado. En aquel momento apenas sí podía pensar. Tras asegurarse de que llevaba consigo el móvil, la cartera y el cargador, dejó las llaves de la casa sobre la mesilla de noche y, con cuidado de no golpear la pared o la barandilla mientras bajaba por las escaleras, salió de la casa en la que nadie notó su presencia y se encaminó hacia su coche con la única intención de localizar a la única persona que podría ayudarle en un momento así.

El tener que conducir desde su casa hasta el hotel de Geneviève fue una de las cosas más duras que tuvo que hacer en su vida. La fina llovizna y las lágrimas que le impedían ver bien provocaron que sus nervios estuviesen presentes durante todo el trayecto que, de no haber sido por su sentido común, lo habría recorrido a máxima velocidad tan solo para huir de allí, para dejar atrás toda una vida a la que nunca pretendía volver. Cuando finalmente llegó hasta la entrada del lujoso edificio propiedad de la única persona a la que consideraba en aquel momento de su familia, aparcó delante de esta sin importarle el que le dijesen nada, ya que en cuanto el botones le reconoció y le vio en aquel estado, caminó hacia él con rapidez con un paraguas, haciéndole pasar al interior.

“Ezio, ¿está usted, bien? ¿Ha ocurrido algo?” su voz educada tan solo provocó que quisiera salir corriendo de allí, ya que en cuanto vio su reflejo en el espejo de la entrada principal, fue consciente de su aspecto “Venía a buscar a Geneviève, ha ocurrido una emergencia y necesitaba verla”

Ante aquella incidencia, Ana, la recepcionista de noche, abandonó su puesto y se acercó al joven, que le resultaba levemente familiar.

“Paolo, ¿quién es este chico?” preguntó dirigiéndose directamente al botones “Es el sobrino de Doña Geneviève. Ha venido a buscarla por un asunto personal. ¿Sabes si sigue en el hotel?” “Sí” asintió con firmeza “Fue a su habitación a descansar para el viaje de mañana, pero si es muy urgente puedo llamar y despertarla” “No es necesario” interrumpió negando con las manos “No quiero molestarla y menos aún si tiene que volver mañana a París. Puedo esperarla en algún sitio y hablar con ella cuando esté despierta” “Está bien…” musitó Ana nada convencida “Pediré que le preparen algo caliente y le daré una habitación para que pueda pasar la noche. Le dejaré el recado a Geneviève para que sepa que estás aquí. Paolo, ¿puedes acompañarlo a la 520? Está cerca de la habitación de su tía y se han ido sus huéspedes esta mañana por lo que está preparada para ser ocupada de nuevo” “Por supuesto, Ana. Ezio, deme las llaves del coche, se lo aparcaré yo y le subiré la maleta por si quisiera darse un baño y cambiarse de ropa por la mañana” “Tutéame, por favor” pidió con una sonrisa llena de agotamiento mientras le ofrecía las llaves para que pudiera llevarse el coche al aparcamiento privado del hotel.

El incesante y molesto timbre del teléfono consiguió despertar a las dos mujeres que finalmente habían conseguido conciliar el sueño. De mala gana, Geneviève, alargó la mano hacia la mesilla de noche y encendió la elegante lamparita para poder localizar el teléfono que descolgó con un “Más vale que sea importante” ” Geneviève, soy Ana, la recepcionista. Siento muchísimo molestarla pero, su sobrino está aquí. Ha insistido en que no la despertase, pero ha venido en pijama, con una maleta enorme y llorando. Me ha parecido que no era prudente dejarle solo hasta que usted despertase” “¿Ezio está aquí?” preguntó incorporándose de golpe, mientras Halia la observaba desde la cama con los ojos abiertos como platos “Sí, le he enviado a la habitación contigua. Ha subido con Paolo hace apenas unos minutos. Al ir usted acompañada no he querido indicarle en qué habitación se encontraba” “Has hecho bien en avisarme, Ana” aseguró mientras se apartaba las sábanas un segundo antes de salir desnuda de la cama “Voy a acercarme a verle. Que nadie entre en esta habitación. Pide un taxi para la señorita que me acompañaba. Nosotros le pagamos el importe de la carrera” “Descuide, Geneviève. En cinco minutos estará listo”

En el mismo instante en que colgó, dejó que todo el aire que había estado reteniendo en los pulmones se escapase en forma de resoplido. No tenía ni idea de qué habría pasado para que Ezio se hubiese presentado en el hotel llorando y en pijama. Pero, puestos a pensar, desde luego tendría que haber sido algo verdaderamente horrible.

“Geneviève…” escuchó susurrar a Halia, quien se estaba vistiendo con rapidez “¿Le ha pasado algo?” “No lo sé” contestó mientras se ponía un camisón y una bata sobre esta “Acaba de llegar ahora con una maleta. Lo único que se me ocurre es que haya tratado de hablar con sus padres acerca de estudiar música, que haya tenido una discusión muy fuerte con ellos y que se haya ido de casa”

A cada palabra que Geneviève pronunciaba, se preocupaba más. Ezio no parecía un chico que fuese capaz de cometer una locura como la de huir de casa para así llamar la atención de sus padres. Y, en el caso de que se hubiera peleado con ellos a raíz de lo que le dijo en el coche, no podría perdonárselo nunca.

“Avísame mañana con lo que sea, por favor” pidió mientras se acercaba a ponerse las botas y el abrigo “Lo haré, tranquila. ¿Te importa si le digo que te llame para que quedes con él y le echas un vistazo? Mañana tengo una reunión muy importante y no puedo faltar. Puedo retrasarla un par de horas, pero no un día entero” Tranquila, lo comprendo” aseguró acercándose a darle un beso en la mejilla y un fuerte abrazo cuando ambas estuvieron finalmente en el pasillo, una vez se aseguraron de que Ezio no estaba en él. “Tienes un taxi abajo. No tienes que pagarle, enviará la factura al hotel. Cuídate, Halia. En cuanto sepa algo te aviso” “Gracias, Geneviève. Espero que no haya sido nada” “Yo también lo espero, Halia. Yo también”

Cuando finalmente se quedó a solas en aquella lujosa habitación que nada tenía que envidiar a algunas de su propia casa, fue consciente de que no tenía ni idea de qué haría a partir de aquel momento. No tenía dinero, no tenía estudios, no tenía un trabajo y, peor aún, no tenía ninguna casa en la que vivir. Pensando que aquello había sido el error más grande de su vida ya que nadie se había dado cuenta de que había escuchado la conversación y que tras el golpe inicial podría haber vuelto a llorar a la habitación, abrió la maleta y sacó de esta una chaqueta de chándal, en la que se refugió ya que ni siquiera el delicioso chocolate con leche que le habían preparado había logrado hacerle entrar en calor, pese a que estuviese ardiendo. Sin saber qué hacer, caminó sintiéndose sin fuerzas hacia la puerta y, tras abrirla, halló allí a Geneviève, quien lo abrazó antes de que le diese tiempo a reaccionar.

“Cariño, ¿qué ha pasado?”

No le quedó más remedio que suspirar cuando escuchó aquella pregunta. ¿Sería prudente decirle la verdad? No lo sabía, pero, en su precaria nueva situación, no le quedaría más remedio que hacerlo. Pese a no querer separarse de su abrazo, llevó las manos hasta sus muñecas y las apartó despacio de su espalda, deshaciéndose así de la protección que le suponía el estar refugiado en ella.

“Tía, yo…” hizo una pausa y creyó que lo mejor sería hablar con ella estando ambos sentados. Aprovechando que tenía las manos aún en sus muñecas, comenzó a caminar hacia un sofá que había pegado a una de las paredes de la habitación y, en cuanto llegaron hasta él, le pidió que tomase asiento. “Esta noche” comenzó de nuevo cuando se sentó a su lado, sintiendo un nudo en la garganta “He escuchado discutir a mis padres. Por mí” se calló de nuevo mientras la miraba a los ojos, tratando de buscar fuerza en ellos “No sé si deba contarte esto, pero necesito hablarlo con alguien. Ya sé por qué nunca me querían cerca de ellos. Por qué me mandaron a Londres y no me dejaban hacer nada de lo que realmente me gustaba a mí. No soy hijo de la mujer que pensaba que era mi madre” susurró sintiendo apenas un segundo después los brazos de Geneviève rodeándolo con fuerza mientras lo atraía hacia sí para que se acurrucase en su pecho como si fuese un niño pequeño “Ezio, mi vida, lo sé” susurró sin soltarlo “Desde antes de que nacieras lo sé. Por eso siempre te llevaba conmigo todo el tiempo que podía, para que al menos estuvieras con alguien que te quería de verdad” “¿Por qué no me lo dijiste?” preguntó con la voz rota por el llanto “Porque no estabas preparado para saberlo. Mi vida, eres un niño. Hace tres días escasos aún tenías diecisiete años. Además, si te lo decía, tus padres lo sabrían. No se te da bien mentir, lo sabes” susurró acariciando su pelo con cariño mientras le mecía suavemente “Tu padre sí te aceptó. Sí te quiso. Pero tu madre le terminó envenenando y finalmente cedió ante ella. Tus hermanos también lo sabían pero les daba igual porque no les afectaba en la herencia. Son unos malditos buitres” espetó sin poder disimular la rabia en su voz, pese a saber que seguramente todo aquello le estaría destrozando “No sé qué voy a hacer ahora. No quiero volver allí. Sé que ni siquiera sabrán que me he ido. No me echarán de menos y, si vuelvo, nadie se enterará de que me fui. Pero no podría vivir una mentira. No ahora que sé la verdad. Tía… ¿podría irme a vivir a París contigo? No seré una carga, te lo prometo. Estudiaré lo que tu quieras, haré todo lo que me digas. Pero no me dejes solo” “Ezio, cariño. No puedo hacer eso. No puedo cuidar de ti como necesitas. Lo que quieres estudiar está aquí” susurró separándose suavemente de él para poder llevar las manos a su rostro y limpiarle las lágrimas con los pulgares “Puedo dejarte uno de los pisos. No me importa lo más mínimo pagarte el conservatorio, la comida, la ropa, lo que necesites. Pero no puedo tenerte en París porque yo viajo muchísimo. Estarías solo allí. ¿Por qué no hablas con Tazzia y os vais a vivir juntos? Estoy segura de que entenderá qué ha pasado y estará encantada de vivir contigo, de cuidarte” “Tazzia no es mi novia” susurró sabiendo que no podía prolongar más aquella mentira “Es una dama de compañía de lujo a la que le pedí que me asistiese conmigo al bautizo. Es un encanto y ni siquiera me pidió el dinero cuando la llevé a su casa. Solo quería que me dejasen en paz, no ser el centro de atención y poder tener a alguien a mi lado por una vez sin que me mirase mal, sin que creyese que era un fracasado”

El que ni siquiera ocultase lo que era realmente Halia le confirmó que descubrir la verdad le había destrozado. Sabía que aquel día tendría que llegar, pero nunca creyó que sería tan pronto. Sin saber qué hacer, lo acunó nuevamente contra su pecho y le dio un beso en la cabeza. Por un lado, la tentación de llevárselo a París estaba ahí. Sabía que con ella podría vivir a salvo, tranquilo y, al ser mayor de edad, tenía la libertad para decidir dónde quería ir sin tener que consultárselo a sus padres Pero, por otro lado, quería que se quedase allí. Roma era donde debía estar. Siempre había querido poder estudiar música en aquella mágica ciudad. No podía privarle de eso. Con miles de ideas en la cabeza pero ninguna sola que pudiera concretar, continuó meciéndole contra su pecho, mientras acariciaba las suaves hebras doradas que se escapaban de entre sus dedos.

Geneviève nunca supo en qué momento Ezio se quedó dormido entre sus brazos, ni cuándo lo hizo ella. Lo único que tenía claro era que le dolía la espalda por haber pasado la noche apoyada contra el respaldo del sofá. Sin saber qué hora era, despertó despacio a Ezio, quien se sobresaltó al encontrarse allí, a su lado. “Tranquilo. No pasa nada” susurró al ver que se había incorporado de golpe “Estás en la habitación de mi hotel, Ezio, no pasa nada”

A medida que pasaban los segundos, la realidad fue golpeándole poco a poco. Las escenas que vio desde las escaleras de su casa acudieron a su mente provocando que temblase en los brazos de aquella mujer. Durante un segundo, creyó que tan solo había sido un pésimo sueño. Pero al despertar y encontrarse allí, en el mismo sofá, supo que no podría dar marcha atrás.

“Creo que no me ha llamado nadie…” susurró desalentado mientras se separaba de ella y se acercaba a buscar el móvil que, tal y como temía, seguía igual que como lo había dejado: carente de notificación alguna. Y, aquel detalle, fue lo que le hizo ver que realmente nadie le había echado de menos. “¿Por qué no vuelves a casa?” propuso Geneviève mientras se incorporaba, aprovechando que Ezio también lo había hecho “Si no te han llamado, será porque no han descubierto que te has ido. No te preocupes por la maleta. Puedes dejarla en el coche. No tienes por qué vivir con ellos más si no quieres. Puedes ir a mi piso, pero tendría que mandarte las llaves y, aunque fuese a través de mensajería privada y urgente, tardarían par de días en llegar. Y, conociéndote como lo hago, no creo que quieras quedarte a vivir en el hotel”

No le quedó más remedio que suspirar largamente mientras se pasaba las manos por el pelo. Geneviève tenía razón. No podía desaparecer sin más. Tenía que encontrar una excusa, algo que lo sacase de aquella casa en la que era plenamente consciente de que no podría seguir viviendo. De repente, la idea de involucrar a Tazzia cruzó su mente y le pareció la mejor de las soluciones. Sí. Haría eso. Les diría que ahora que estaban por fin en la misma ciudad querían vivir juntos, intentar que la relación fuese un poco más adulta ya que ambos eran más maduros para su edad. Si lo pensaba con frialdad, ningún padre dejaría que su hijo se lanzase sin paracaídas a una aventura así. Pero la diferencia entre Ezio y cualquier otra persona de su edad era que él no era bien recibido en su propia casa.

“Está bien” susurró finalmente “Volveré a casa y esperaré a que me mandes las llaves. Les diré que voy a vivir con Tazzia aunque no sea cierto y así me quitaré de encima el peso de haber desaparecido sin decir nada. Quiero hacer las cosas bien, aunque ahora mismo no sepa ni qué pensar” El ver que se acercaba hacia él con la intención de abrazarlo, negó suavemente con las manos, evitando que llevase a cabo aquel gesto. “Si lo haces volveré a llorar y tú tendrás prisa y yo tengo que volver antes de que se den cuenta de que no estoy” “Está bien, cariño. Pero en cuanto llegues a casa avísame. Yo lo haré en cuanto aterrice en París. De camino al aeropuerto avisaré a mi asistente personal para que busque las llaves del piso y las mande ya para acá. ¿Quieres que dé la dirección de tu casa o prefieres que se las deje al guarda de seguridad del edificio?” “Prefiero que mis padres no sepan que me has enviado nada” “Está bien, Ezio. En cuando ya esté allí y con todo un poco más en orden te enviaré la dirección y le daré al guarda de seguridad tus datos para que se ponga en contacto contigo en cuanto lleguen las llaves”

No era necesario ser demasiado avispado para saber que aquellas palabras eran una despedida. Geneviève tenía prisa, lo sabía, debía volver a su vida, pese a que el quedarse solo fuera regresar a la realidad. Consciente de que tenía que dejarla marchar, se acercó a abrazarla y se despidió de ella, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad para no suplicarle nuevamente que le dejase ir con ella.

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