Halia

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Capítulo 7: Piano.

Los dos días que pasó en su casa, desde que se despidió de Geneviève en el hotel hasta que le llegó el aviso de que las llaves ya estaban esperándole en la recepción del edificio en el que vivirían se le antojaron eternos. Desde su posición privilegiada, aprovechó para estudiar a quien consideraba sus padres y a sus hermanos. Y, por primera vez, todo tuvo sentido para él. La mujer que había sido para él su ejemplo a seguir entregaba muestras de afecto a hijos y nietos por igual. A excepción de Ezio quien, con los ojos llenos del vacío que nace en el alma cuando se sabe que se ha perdido todo, observaba cómo su vida se escapaba de entre sus dedos como si se tratase de la suave arena de playa.

Las cuarenta y ocho horas que pasó desde que cruzó la puerta del hotel hasta que se adentró a través del umbral del portal al que tendría que volver cada día las aprovechó para hacer las maletas. Para organizar sus libros, sus cd’s, sus cuadernos, sus recuerdos. No había nada que quisiera dejar allí. A merced de personas que nunca los valorarían. Tal y como había esperado, sus padres sintieron alivio casi inmediato cuando les informó de que quería irse a vivir con la joven que había asistido con él al bautizo aprovechando que ahora sí estaban por fin en la misma ciudad. Y, por primera vez, pudo apreciar en aquella mujer a la que siempre llamó mamá una sonrisa de genuina felicidad por saber que no tendría que volver a ver al desliz de su marido vagabundeando a través de los rincones de aquella casa como si se tratase de un alma errante. Tal fue su alegría, que incluso ella misma ayudó a organizar la mudanza para que transportasen incluso el piano a la dirección que Ezio les proporcionaría a los transportistas ya que ella no era quien para saber dónde viviría su hijo ya que quería darle la intimidad que estaba buscando. Aquel detalle, en el fondo, le gustó. Si su madre no sabía dónde iría a vivir no se tomaría la molestia de buscar excusas para no visitarle. Por lo que, en el fondo, fue todo un alivio para él.

La puerta de madera lacada se presentó ante él dándole una bienvenida muda. Sabía de sobra que los ascensores principales tenían acceso al interior de cada una de las viviendas. Sin embargo, no quería encontrarse de golpe en aquel lugar en el que le estarían esperando sus cosas desde hacía unas horas, impacientes por ser desempaquetadas y puestas en sus nuevos hogares. Tras suspirar largamente, se obligó a sí mismo a meter la mano dentro del bolsillo derecho de la cazadora y, en cuanto tuvo el juego de llaves en su poder, lo apretó con fuerza, como si de esa forma se estuviese infundiendo el valor que no tenía en aquel momento para poder dar aquel último paso hacia la que sería su nueva vida. Y, sabiendo que si no lo hacía en aquel instante no lo haría nunca, introdujo finalmente la llave en la cerradura, sintiendo la facilidad con la que esta giró en cuanto realizó un suave movimiento de muñeca en el sentido de las agujas del reloj.

El interior de aquel ático dúplex era acogedor a la par que femenino. Sin duda alguna se podía apreciar el buen gusto de Geneviève en cada pequeño detalle, lo que provocó que Ezio sintiese que estaba completamente fuera de lugar. Sin embargo, el que ella le insistiese durante aquellos dos días en que podía decorarlo a su gusto sin importar en nada lo que eso costase, le dejó un poco más tranquilo ya que, de alguna forma podría hacer de aquel enorme sitio su hogar. Sin prisa alguna, en el fondo no quería quedarse allí solo por la noche, se deshizo de la cazadora y la dejó sobre uno de los brazos de una percha que había en el recibidor. Ya libre de ella, caminó hasta el centro del apartamento que se abría como si fuese un loft en el medio de la nada debido no solo a la altura a la que se encontraba, sino porque no había cortinas que ocultasen el enorme ventanal que rodeada la fachada. Y, allí, junto a un precioso sofá color gris, se encontraba su piano. Paciente, silencioso, perfecto. Con las manos temblorosas, caminó hasta él y, en el mismo segundo en el que se sentó frente a él, levantó la tapa con sumo cuidado y deslizó las puntas de los dedos a lo largo de las teclas sin llegar a presionarlas del todo. ¿Podría tocar en las largas noches en las que no dormiría sin molestar al resto de vecinos? Desconociendo la respuesta a su pregunta, cerró los ojos y se limitó a sentir, a dejarse guiar por el movimiento grácil que comenzaron a trazar sus dedos sobre las teclas creando con ello una melodía triste y lenta que exteriorizaba su estado de ánimo actual. Y, de esa forma, pudo despedirse de su vida. De sí mismo. Del niño que había crecido con el único afán de conseguir que unos padres que nunca lo quisieron a su lado se sintiesen orgullosos de él. Sin poder controlar las lágrimas que morían a lo largo de su barbilla, analizó cada pequeño detalle. Cada pequeño gesto. Descubriendo al hacerlo que las señales siempre habían estado ahí y que, su inocencia infantil, había sido quien trataba de encontrar una explicación a algo que nunca la tuvo porque era tan cristalino y transparente como el agua que comenzaba a recorrer el enorme ventanal porque la lluvia se había solidarizado con él, con sus lágrimas, a las cuales no quiso dejar solas.

No fue consciente de la cantidad de horas que sucedieron de forma anónima hasta que la tarde se fue convirtiendo en noche. Solo sabía que le dolían los dedos y la cabeza porque desde que se sentó a tocar aquella primera melodía su mente y su cuerpo no le habían dado una mínima tregua. Necesitaba dejar escapar de sí todo aquel dolor, aquella sensación de no ser suficiente para las personas que más que quería. Pero, por suerte, sabía que no era su culpa. Que él no había hecho nada malo para merecer aquel desprecio porque lo único que había entregado había sido un amor incondicional que nunca le fue devuelto. Y, aquel pensamiento, le derivó a otro: Halia. En aquel momento aquella mujer era la única persona a la que podía acudir, pese a ser plenamente consciente de que ella tenía su vida. Una mucho más importante que la suya y que, seguramente, estaría en aquel momento caminando de brazo de algún hombre de verdad que podría hacer que se sintiese en la cima del mundo. Pero, aun así, aquel pensamiento no lo desalentó. Cansado de tanto llorar, buscó en su ropa el teléfono móvil y, en cuanto lo sacó del bolsillo, comenzó a escribir un mensaje para ella, con el que esperaba no sonar demasiado patético, pese a que se sintiese así en realidad.

“Para Halia:

Hola Halia. Siento molestarte. Estos dos días han pasado muchas cosas y necesito hablar con alguien. Sé que estoy abusando de tu bondad, pero ya te dije que aquí no tengo a nadie y tía Génie ya ha vuelto a Paris. No me importa si tengo que pagar por tu compañía. Sé que seguramente te estaré robando trabajo si te pido que vengas. Pero realmente necesito que alguien me escuche. De nuevo pedirte perdón por si te he molestado”

En cuando envió el mensaje, suspiró largamente y se acercó a cerrar la tapa del piano con el mismo cuidado con el que la había abierto. Y, completamente seguro de que no obtendría respuesta alguna, se acercó hasta el ventanal y lo acarició con las puntas de los dedos, deseando durante un breve segundo el que no fuese hermético para poder saltar por él y dejar atrás de una vez una vida que nunca había sido suya. Pero, antes de que aquel pensamiento terminase de formarse en su mente, el sonido de la aplicación de mensajería instantánea lo disipó por completo y una cálida sonrisa brotó de sus labios al leer una respuesta que nunca esperó obtener.

“De Halia:

Solo si me llamas Tazzia y el pago es una pizza barbacoa o una hamburguesa de queso”