Halia

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Capítulo 3: Geneviève

El canto de los niños del coro consiguió emocionarla. Hacía demasiado tiempo que no pisaba una iglesia por lo que el estar allí, frente al altar, comprometida a ser la madrina de un niño al que apenas sí conocía se le hizo un tanto incoherente. No por el hecho de no tener un trato cercano con los padres del bebé, sino porque ella misma había incumplido todas y cada una de las promesas que ahora el sacerdote recitaba, dirigiéndose directamente a ella y a otro hombre que tendría más o menos su misma edad, en el momento de las Renuncias y de la Procesión de fe. Si era sincera, no había invocado a ningún demonio, ni había hecho nada similar, pero sabía que a los ojos de aquella iglesia era un ser terrorífico por preferir pasar la noche acompañada de preciosas señoritas antes que de apuestos caballeros. Cuando finalmente, y gracias a dios, el sacerdote terminó con lo que consideraba una aburrida parafernalia, se sentó nuevamente, notando cómo su teléfono móvil vibraba dentro del pequeño bolso de mano color beige. El primer pensamiento que acudió a su mente fue que alguien de la empresa la reclamaba para alguna urgencia, por lo que creyó oportuno dudar durante un segundo si salir discretamente de la iglesia para ver de qué se trataba. Pero, un par de segundos después, recordó que tenía un eficiente secretario al que le había concedido un salario más que cuantioso para que resolviese ese tipo de incidencias. Finalizado aquel pensamiento, otro acudió nuevamente a ella: una urgencia familiar. Y, de ser así, la vibración insistiría hasta que consiguieran localizarla. Tras un par de minutos, aquella idea también fue desestimada ya que el teléfono no volvió a dar señales de vida en el interior de su bolso. Sin embargo, la curiosidad no era una buena alidada en aquel tipo de situaciones por lo que, en cuanto finalmente terminó la ceremonia, se apartó discretamente de los anfitriones con la única intención de tener un mínimo de intimidad para así poder sacar su teléfono del bolso y descubrir por qué se había revuelto con aquella inquietud dentro de su escondrijo.

“Génie, ¿estás bien, cariño?”

Sentir una mano familiar en el hombro acompañada de aquella pregunta provocó que se girase con el bolso en la mano, aún sin abrir, y hallase frente a ella a su antigua compañera de universidad, quien la miraba con aquel gesto lleno de fuerza y elegancia, tan similar al suyo.

“Sí, Bianca, tranquila” contestó con una enorme sonrisa llena de falsedad que se fue desdibujando poco a poco de sus labios cuando, un par de bancos más atrás, encontró a su preciosa Halia de la mano del hijo menor de la mujer que ahora sí la miraba con un gesto lleno de verídica preocupación “¿Seguro?” insistió bajando levemente la voz “Seguro, ma chérie. Es solo el ambiente tan recargado con el olor del incienso. Me marea un poco. Voy a salir a tomar el aire unos minutos. ¿Te importa que nos reunamos directamente en la puerta? Sabes que no me gustan este tipo de eventos tan concurridos. Me temo que el dedicar toda mi vida al trabajo y no a mí misma me está pasando factura”

A medida que hablaba, seguía con la mirada a una Halia que se antojó hermosa, completamente acorde a aquel lugar, a aquella gente adinerada que veía pasar sus vidas como si fuesen una película de cine mudo. Ignorando las palabras de aliento de Bianca, se acercó a paso lento a Ezio, con la única intención de poder mantener un contacto visual con Halia, quien pareció no querer reconocerla. Y, aquel detalle, fue lo que consiguió que recordase por qué quería salir de allí, por lo que, con más rapidez de lo que ella misma esperaba, buscó el teléfono en el que halló el mensaje de la joven explicándole la situación que, a su parecer, era bastante cómica. Sin embargo, el que ellas fingiesen que no se conocían no iba a impedir que se acercase al único miembro de aquella familia al que apreciaba de verdad, por lo que, en cuando estuvo lo suficientemente cerca de Ezio, lo llamó con una enorme sonrisa en los labios, observando cómo el rostro del adolescente se iluminaba antes de desaparecer de su campo de visión cuando la envolvió en un cálido y sincero abrazo.

“No sabía que ya estabas aquí. Tu madre no me dijo nada y yo creía que continuarías estudiando en Londres. ¿Qué te hizo cambiar de opinión? ¿O quién?” preguntó guiñándole un ojo de forma cómplice, mientras trataba por todos los medios de ignorar a una Halia que parecía sentirse bastante incómoda ante la situación. “Sabes que siempre quise poder estudiar en el Conservatorio Superior de Roma, y supongo que es el momento de intentarlo aunque nadie me apoye” “Ezio, mon chéri, sabes que yo siempre te he apoyado. Tienes el don de la música corriéndote por las venas. Ya me encargaré de hablar yo con tu madre para que se le pase la tontería” comentó añadiendo una leve carcajada que usaba a modo de coletilla en determinadas ocasiones, costumbre de tener que mostrarse siempre más que jovial ante los grandes inversores de su empresa “Aunque, ahora me gustaría poder aparcar la música un leve momento para que me puedas decir quién es la preciosa dama que te acompaña”

En el mismo instante en que escuchó aquel comentario sintió que le faltaba la respiración. No sabía cuán creíble sería la explicación de Ezio, aunque, por suerte para ella, Geneviève había leído el mensaje y confiaba plenamente en su discreción, pese a estar casi segura, de que una vez terminase el evento le pediría que quedase con ella como compensación por tener que guardarle el secreto. Y, aunque no le entusiasmase demasiado la idea de tener que pasar la noche fuera de casa, no le quedaría más remedio que acceder.

“Es Tazzia, tía Génie. Es mi novia” lo escuchó decir mientras la miraba sin poder disimular la vergüenza que le recorrió al hacerlo ya que su rostro pasó de ser de un blanco nácar a un rojo fresa madura. “Es preciosa. Hacéis una pareja encantadora. Es un placer conocerte, Tazzia, eres la primera chica que Ezio nos presenta, debes de ser alguien muy especial para él” “Eso dice” contestó apretándole la mano con la única intención de que no se pusiera nervioso “Pero yo no lo creo así. Él sí que es especial. Su música es increíble. Como bien ha dicho, tiene un maravilloso don que debería poder aprovechar y explotar al máximo” “No me tutees, por favor” la interrumpió con una sonrisa al tiempo que hacía un gesto con la mano derecha, con el que quiso restarle importancia a los formalismos, pese a que su severo vestido rojo y su pelo perfectamente rizado, y arreglado en seguramente uno de los más caros salones de belleza de Roma, indicasen lo contrario “Adoro a mi sobrino postizo, así que ahora eres una más de la familia. Al menos para mí.” añadió al tiempo que le guiñaba un ojo a Ezio, quien sonrió encantado, como si de verdad se estuviese creyendo él mismo aquel papel. “Ezio, cariño, ¿podría usarte de excusa para que salgamos ya de aquí? Estoy deseando llegar al hotel y poder disfrutar de una copa de champán helado” “Claro, tía Génie. He traído mi coche, ¿quieres que vayamos juntos los tres al hotel y esperemos a los demás allí?” “Tan amable con siempre, Ezio. Realmente me harías un favor. Además, estoy deseando que me cuentes cómo la conociste”

La sonrisa cómplice que se dedicaron ambos le confirmó a Halia que, efectivamente, Geneviève adoraba de forma incondicional a Ezio. ¿De qué conocería a la familia? Lo desconocía. Pero sí tenía claro que debía de ser alguien muy cercano a ellos para tener no solo aquella confianza para con él, sino también para ser la madrina del bebé. Levemente mareada ante la forma en que se estaba desarrollando todo, salió de la iglesia guiada por la mano de Ezio, quien la miró preocupado, por lo que supuso que su rostro estaría más pálido que de costumbre.

“Tazzia, ¿estás bien?”

Aquel susurró cargado de genuina preocupación no logró tranquilizarla lo más mínimo ni siquiera cuando finalmente salieron de la iglesia y se encontraron con una tarde plomiza que había decidido regalarles una fina llovizna que creaba a su paso un agradable petricor.

“Sí, tranquilo” susurró de vuelta mientras lo abrazaba, con la única intención de poder hablar cerca de su oído “Solo estaba un poco nerviosa por si tu tía descubría que había gato encerrado entre nosotros ya que es la única que te ha hecho caso de verdad desde que hemos llegado” “Lo sé” lo escuchó contestar en el mismo tono de voz que había utilizado ella “Es la única que me apoya. Es amiga de madre desde que se conocieron en la universidad, así que, para mí, es como si fuese una tía de verdad” “Comprendo” murmuró separándose de él despacio, no sin antes disimular un pequeño escalofrío “Creo que tendría que haber cogido algo más de abrigo, el día se está volviendo a estropear”

Como si Ezio hubiese comprendido a la perfección aquel comentario, la abrazó suavemente por la cintura, pegándola a su cuerpo para brindarle un calor que realmente no necesitaba. Si hubieran salido solos, no tendría que haber actuado, al igual que tampoco habría sido necesario el que lo abrazase. Pero, estando allí Geneviève, no le quedaba más remedio que hacerlo más por el propio Ezio que por cualquiera de ellas dos. Aún aferrada a su brazo, se dejó guiar al lujoso coche que le habían regalado sus padres cuando hacía dos días cumplió la mayoría de edad y, pese a insistir para que fuese la elegante mujer que caminaba con ellos quien se sentase a su lado en el asiento del copiloto, no consiguió salirse con la suya.

El tiempo que duró el corto trayecto desde la iglesia al hotel fue bastante más agradable de lo que habría esperado en un primer momento. Geneviève, ejerciendo el papel de tía perfecta, escuchó las palabras que reproducían a la perfección la historia que la propia Halia se había inventado acerca de su noviazgo y, con verdadero interés, opinó que su historia de amor era preciosa y que se merecía alguien que pudiese hacerle feliz y que le apreciase tal y como era, porque ya no quedaban jóvenes como él en aquella época llena de personas compulsivas y que no disfrutaban del noviazgo y del primer amor como se debía. Desde su posición, Halia, estuvo completamente de acuerdo con ella y aportó su granito de arena a la conversación, halagando lo poco que conocía de Ezio. Extrañamente cómoda, salió del vehículo cuando finalmente el joven aparcó, no sin un poco de torpeza, en la plaza de garaje que se encontraba en la zona reservada para los asistentes al evento y, ya en pie, esperó a que Ezio fuese a buscarla en cuanto vio que bordeaba el capó del coche.

“¿Más tranquila, señorita?” “Más tranquila, caballero, tanto su tía como usted son un encanto. Casi podría asegurar que su compañía es más grata que cualquier obra de teatro que pudiese estar viendo en este momento” “¿Lo dices de verdad o solo por cumplir?” “Lo digo de verdad” aseguró mirándole a los ojos a medida que hablaba, para que comprobase por sí mismo que no mentía. Si era sincera, no le quedaría más remedio que reconocer que se encontraba cómoda con él, a gusto. Su forma de ser era muy similar a la suya, por lo que no tenía que fingir ser quién no era, pese a que muchas veces le resultase más fácil en según qué situaciones el crear una personalidad completamente opuesta para un determinado tipo de clientes. Sin embargo, desde que salieron de su casa, se dio cuenta de que no se estaba tomando aquel encuentro como lo que era en realidad: un trabajo más. Había algo en Ezio que conseguía que se olvidase de eso. Tal vez el que no buscase otro tipo de servicios, sino tan solo el sentirse aceptado por alguien, conseguía provocar en ella una extraña empatía para con él. Sin querer darle vueltas al tema, caminó a su lado, en silencio, dejando que fuesen Geneviève y él quienes conversasen ya que suponía que tendrían mucho que contarse en aquel momento.

Al igual que la iglesia, el comedor que habían reservado para el convite estaba decorado como si más que un bautizo, se estuviese celebrando una boda. A medida que avanzaban entre las mesas, pudo apreciar que estaba repartidas de forma que no hubiese demasiada gente en ellas, por lo que dedujo que no querían que se socializase sino que las familias se sentasen por separado, al igual que ocurriría en una boda para dar intimidad a los asistentes. Sorprendida ante aquel detalle, de dejó guiar por Ezio hasta una mesa un poco más alejada de las demás y en la que había un cartelito con su nombre. ¿Le habrían preparado acaso una mesa para él solo por si traía amigos o porque lo que buscaban con ello era que no se sentase junto a la familia principal? Incapaz de pasar por alto el detalle, se giró hacia él y le miró sorprendida, mientras fruncía el ceño, casi como si formulase una pregunta de forma muda.

“Es para mis primos y para mí” lo escuchó decir sin que pudiese disimular cierta pesadumbre en su tono de voz. “Tengo la misma edad que el mayor de ellos. Me llevo muchos años con mis hermanos y les gusta que todos nos sentemos juntos en este tipo de eventos. Pero, esta vez no han podido venir por un tema privado del que no se me ha informado y me temo que tendremos que estar solos. Lo siento” “No te disculpes” aseguró sonriendo mientras cogía sus manos con suavidad y las acariciaba con los pulgares “Soy tu novia, ¿no? Disfruta de mi compañía entonces y habla conmigo de todo lo que quieras. No voy a irme hasta que no vuelvas a casa y esto haya terminado”

No le quedó más remedio que sonreír al escuchar sus palabras de ánimo. ¿Cómo alguien que tenía esa personalidad tan suave y agradable podría dedicarse a un trabajo como el suyo? Quizás, era precisamente eso lo que conseguía que fuese tan buena. El que lograse empatizar con sus clientes hasta el punto de hacerles creer que aquella fantasía era real.

“Si fueras mi novia de verdad, te besaría y te daría así las gracias por los ánimos” “Hasta que te deje en tu casa como si fueses una Cenicienta un poco cambiada, lo soy” contestó con una sonrisa divertida que provocó que, pese a percibir la presencia de alguien más a su lado, se inclinase sobre ella y le robase un beso tan suave que realmente dudó que pudiese despertar nada en su cuerpo, pese a que no fuese aquella su intención. “¿Ves como no era tan difícil?” susurró sobre sus labios antes de ser ella misma quien le regalase un beso un poco más intenso, un poco más real, que se le antojó sencillamente maravilloso. “Gracias, Tazzia” “¿Por qué?” “Por ser una novia tan perfecta”

La risotada llena de algo similar a la vergüenza que se escapó de sus labios le pareció tan genuina que no le quedó más remedio que sonreír. Nunca antes había visto a Ezio comportarse así con nadie y, mucho menos, a Halia, quien siempre mantenía la compostura y su aire de frágil elegancia a su alrededor. Completamente convencida de que si se hubiesen conocido en cualquier otra situación se habrían gustado de verdad, se acercó hasta ellos, y apoyó una mano en el hombro de Ezio, queriendo llamar con ello su atención.

“Cariño, ¿te importa que me siente con vosotros? Tu madre quería que me sentase cerca de la mesa presidencial, pero me gusta más la juventud y el poder mantener conversaciones frescas y dinámicas. Si no le importa tampoco a Tazzia, por supuesto” “En absoluto” la escuchó contestar casi antes de que su sobrino pudiese reaccionar “Sería un honor el que nos acompañases. Además, estoy deseando escuchar historias vergonzosas acerca de la infancia de Ezio y estoy segura de que su madre no me las contaría”
El ambiente que los envolvió en el convite estuvo rodeado de risas y anécdotas. Si trataba de encontrar un momento en el que se hubiese sentido tan cómodo como en aquel instante, se perdía por el camino. Ni siquiera entre los miembros de su familia había conseguido relajarse hasta el punto de ser capaz de mantener una conversación sobre sí mismo y sus torpezas infantiles sin sentirse ridículamente humillado. Aunque, si era sincero, la forma que Geneviève tenía de contar las cosas ayudaba a que realmente fuesen anécdotas y no un arma arrojadiza. Movida por ese mismo ambiente de confianza, Tazzia, se animó a contar también algunas experiencias de su niñez que consiguieron arrancarle más de una sonrisa, provocando que desease llevar su mano a la suya en más de una ocasión por el simple hecho de poder sentirla allí, cálida bajo su piel. Viva. Con el único propósito de poder conocerla más, fuera de aquel ambiente, se prometió a sí mismo que en cuanto se terminase aquella farsa le escribiría y le agradecería todo lo que había hecho por él, hasta el punto de llegar a creer de verdad que mantenía una bonita relación con ella, sabiendo que no se sentiría ni siquiera un poquito patético por admitir aquello. Quizá, para cualquier otro chico de su edad, ese detalle sería visto como un golpe bajo. Pero, para él, el reconocer abiertamente las emociones era un acto de valentía pese a que hubiera una alta probabilidad de que Tazzia no quisiera verle fuera de su trabajo. Perdido en aquella línea de pensamientos, disfrutó del postre, de la forma en Tazzia que degustaba el helado de chocolate con nueces de macadamia como si fuese la mayor exquisitez que hubiese probado nunca. Y, cuando la cucharilla fue depositada al lado del plato en que descansaba la copa vacía, sintió cómo todas sus fuerzas abandonaban su cuerpo. No quería separarse de ella. No aún. Necesitaba prolongar aquel encuentro para poder disfrutar de su compañía. Y, ante aquel detalle, fue consciente por primera vez de lo solo que se sentía dentro de su familia, de lo distantes que eran todos con él y de lo poco que se habían molestado en conocerle.

“Ezio, nos vamos”

El aliento de Tazzia rozando la piel de su cuello al hablar, su mano sobre su hombro, su perfume bailando en el aire, lograron sacarle de aquella burbuja en la que se había querido esconder en ese momento. Sin poder disimular que su estado de ánimo había decaído, se levantó de la silla y la abrazó contra su cuerpo en un gesto sincero, lleno de necesidad, que ella correspondió porque seguramente habría sido capaz de comprenderlo.

“Tenemos que irnos, todo el mundo se está yendo ya” “¿Es estúpido que no quiera dejarte ir?” “No” la escuchó susurrar con convicción “Después de conocer y ver cómo se comporta tu familia contigo, no lo es. Ezio, vámonos, llévame a casa y hablamos a solas por el camino, ¿te gusta la idea?” “Me encanta”

En cuanto consiguió que se separase de ella, llevó una mano a su rostro y lo acarició suavemente con el pulgar. Durante las horas que estuvieron allí, vio como su hermana y su madre se paseaban por las diferentes mesas entregando los detalles acordes al evento para los invitados. Sin embargo, no se molestaron en acercarse hasta ellos, ni aun estando Geneviève en su misma mesa. ¿Por qué se portarían así con él cuando parecía ser un chico encantador? Sin darse cuenta, suspiró largamente y, antes de poder reaccionar, se encontró caminando de su mano, en dirección al coche en el que habían llegado hasta el hotel. En silencio y sin haberse despedido de nadie, se adentraron en el vehículo, sintiendo por primera vez que había una enorme barrera de incomodidad ante ellos.

“Si necesitas estar solo puedo volver a casa en taxi, no es necesario que me acompañes” “Tazzia ¿tan mal hijo parezco?” “No, Ezio, no” aseguró mientras se quitaba el cinturón de seguridad para poder abrazarlo contra su pecho una vez se acomodó de rodillas en el siento “No sé por qué tu familia te trata así. Eres un buen chico, eres educado, atento, cariñoso, divertido. A lo mejor están demasiado volcados en ser una familia perfecta de cara a los demás y no son capaces de ver lo bueno que hay en ti”

A medida que hablaba, acariciaba su pelo descubriendo que poseía un tacto suave y agradable entre sus dedos. Y, ese detalle, provocó que recordase que ninguno de los hermanos se parecía a él físicamente. Ni siquiera su madre lo hacía.

“Ezio” susurró buscando llamar su atención “Quizá deberías hablar con tus padres al respecto, a solas. Creo que mereces una explicación de por qué te hacen ese vacío” “Sé que tengo que hacerlo” aseguró incorporándose con la única intención de poder sentarse bien y así mirarla a los ojos “Pero no me he sentido preparado para ello. Acabo de cumplir dieciocho años. He pasado toda mi vida en un internado lejos de ellos, quienes aseguraban que querían lo mejor para mí, para mi futuro, para que fuese alguien que pudiese hacerles sentirse orgullosos. Pero me tenía que gustar la música” susurró con resignación “La música no te gusta, la música te elige” aseguró Tazzia sonriendo “No todos tienen ese don. Hay muchos malos grupos, sí. Pero ¿dónde están los músicos de verdad, los que consiguen que se erice la piel y que lloremos de emoción? Esos son los elegidos. Las musas los eligen, los visitan y les regalan sus mejores visiones para que deleiten al mundo con ella. No te menosprecies. No es que te guste la música, es que tú le gustas a ella”

Antes de poder continuar hablando, Ezio la silencio con un beso desesperado al que no supo cómo corresponder hasta un par de segundos después. No estaba acostumbrada a aquel tipo de reacciones por parte de sus clientes y le había pillado completamente desprevenida. Sin embargo, no le quedaría más remedio que reconocer que aquel beso había sido uno de los mejores que le habían regalado en toda su vida por lo inesperado del mismo.

“Lo siento” susurró cuando finalmente logró separarse de ella “Tranquilo. Eres expresivo, no pasa nada. Solo me ha sorprendido, no esperaba que hicieras algo así” “Te he decepcionado, ¿verdad?” “¿Por qué piensas eso?” preguntó separándose de él despacio, más por sentarse bien que porque le molestase su cercanía “Te dije que solo quería tu compañía y bueno, aquí me ves, besándote sin previo aviso y sin saberme controlar” “Ezio…” lo regañó con una suave carcajada “Tenías las defensas bajas, yo te he dicho lo que necesitabas oír, pero porque realmente pienso que es así y tú has reaccionado de esa forma. No está mal el que beses a nadie por un impulso si es lo que has sentido en ese momento” “¿De verdad?” “De verdad” insistió sonriendo “Crees que es mi trabajo pero, si te soy sincera, hace varias horas que me olvidé de eso y me limité a disfrutar de tu compañía. Así que eso me convierte en una pésima profesional” añadió con una mueca de resignación. “Lo siento. Y sobre eso…” hizo una pausa en la que aprovechó para suspirar “Tengo el dinero en casa. Vamos a por él y te llevo después a la tuya” “No” negó suavemente con la cabeza y las manos “No lo quiero. Me has invitado a comer antes y realmente te has olvidado de quién era y eso me ha hecho pasar una velada muy agradable. Para mí no ha sido un trabajo, ha sido una tarde en la que he tenido una muy grata compañía” “Tazzia” la llamó en voz baja, sintiendo al hacerlo que podría llorar ante sus palabras, pese a que eso le restase puntos a lo poco que quedaba de su aspecto varonil “¿Puedo entonces volver a quedar contigo? ¿Me dejarías tratar de ser tu amigo?” “¿No te sentirías incómodo sabiendo a qué me dedico?” “No” aseguró clavando sus ojos en los suyos “Es un trabajo como cualquier otro. Le entregas a la gente lo que necesita. Algunos, como yo, necesitamos sentirnos menos solos, aceptados, tener a alguien a nuestro lado. Otros necesitarán a alguien con quien sentir eso mismo solo que de una manera más carnal” “Bonito eufemismo” reconoció suspirando largamente “Pero creo que sé a lo que te refieres”

Verle asentir al tiempo que sonreía con cierta timidez consiguió enternecerla. Sin saber si podría mal interpretar aquel gesto, llevó la mano izquierda hasta su derecha y la apretó suavemente, antes de llevársela a los labios y darle un beso en el dorso.

“¿Nos vamos a casa?” preguntó buscando sus ojos “Creo que ha sido un día largo y, además, tú tienes que dormir” “Nos vamos a casa” Al ver que apenas un momento después imitaba su propio gesto, sonrió suavemente y, tras darle un último apretón a su mano, la dejó libre para que pudiese conducir mientras pensaba que, de haberle conocido en cualquier otra situación, nunca le habría dejado escapar.

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