Halia

IMG_1597Capítulo 2: Restaurante

Un extraño nerviosismo comenzó a apoderarse de ella a cada minuto que pasaba sentada en la banqueta, frente a la barra del bar del restaurante en el que había quedado con Ezio. Si era sincera, cada vez que pensaba en aquel tema se convencía un poco más de que había sido una pésima idea el haber aceptado aquel trabajo. El chico parecía agradable, sí. Pero si realmente era hijo de una familia influyente, estaba casi segura de que alguno de sus familiares masculinos se habría puesto en contacto con alguna de sus compañeras cuando trabajaba en la agencia o directamente con ella. Aquella incertidumbre tan solo provocaba que moviese el pie cubierto por una sandalia marrón de correas y tacón bajo con cierto nerviosismo, como si se tratase más bien de un tic nervioso. Si era sincera, no le importaba que cualquier hombre la reconociese. Estaba muy orgullosa de su trabajo y de cómo se ganaba la vida. Pero, lo que no quería, era que nadie pensase que aquel chaval era un putero cuando la realidad distaba mucho de ser así. Al menos, por lo que le había contado. Aunque también era cierto que no sería el primero ni el último que después de concertar un servicio únicamente de compañía se animaba después a experimentar un poco más.

Suspirando sin darse cuenta, llevó los ojos al teléfono móvil cuando lo vio vibrar sobre la barra de madera, cerca de la copa de la que apenas sí había probado su Martini Bianco. De forma casi automática, desbloqueó la pantalla y leyó el mensaje que rezaba un simple “Acabo de entrar por la puerta” que le indicó que Ezio tendría que estar nervioso. En cuanto abonó su consumición, le indicó al camarero que ya había llegado su acompañante y que, por lo tanto, pasarían al salón para comer. Sin demasiada prisa, ante todo, había que conservar la elegancia, se bajó de la silla provocando que le vestido de gasa de un rosa tan pálido que más bien parecía color crema con un leve tinte rosado se moviese creando con ello un aura de fragilidad a su lado. Ya en pie, cogió el bolso de mano y giró sobre sí misma, hallando al hacerlo el rostro de un joven que dibujó una mueca de asombro en cuanto la vio aparecer en su campo de visión. Sin duda alguna, era Ezio y, a decir verdad, su atractivo y su carisma ganaban en persona, por lo que la pregunta de por qué había solicitado sus servicios en lugar de pedirle a cualquier amiga que le acompañase volvió a rondar su mente.

“¡Hola, Ezio!”

Su tono jovial pareció llegar hasta él, quien la miró aún más sorprendido cuando recibió un suave abrazo por su parte. Ante todo, tenía que conseguir que todo fuese creíble y, más importante aún, que fuese él mismo quien se convenciese de que ella era su novia, al menos esa tarde.

“Hola, Halia. Estás preciosa” atinó a decir mientras, en un gesto completamente inconsciente, acariciaba sus pálidos brazos desnudos que parecían fundirse con el tono del vestido “Eres increíble, eres mucho más etérea en persona. Nadie va a creer que estoy con alguien como tú” “Shhh” susurró llevándole el dedo a los labios, regalándole al hacerlo una cálida sonrisa “Por eso hemos quedado antes, para que practiquemos, para que te relajes y te comportes de forma natural” explicó con calma, como si se tratase de una profesora que estuviese ante un alumno al que hubiese que tratar con mimo y cariño “Me he tomado la molestia de avisar al restaurante de que íbamos a llegar un poco más tarde de lo habitual para que tuvieran la comida preparada cuando llegásemos y así no les causásemos a ellos un trastorno. Me he atrevido a pedir por los dos, espero que no te moleste” “En absoluto” aseguró sin poder apartar los ojos de ella. Sus rasgos asiáticos eran delicados, armónicos, y creaban un aura de fragilidad y elegancia a su alrededor que podría conseguir que cualquiera cayese a sus pies solo de verla caminar por la calle. “De hecho, te lo agradezco, así tendremos más tiempo para que me puedas conocer y tratar de encontrar algo que hubiera hecho que te acercases a mí” “Encontraré algo antes de lo que crees, Ezio” aseguró al tiempo que buscaba su mano con la suya, dándose esa vez el tiempo suficiente como para observar su cuerpo, ataviado con unos pantalones negros y una camiseta gris, presuponiendo que, después de comer, volvería a su casa para cambiarse y vestir algo más adecuado para el bautizo. Y, fue en ese momento, cuando descubrió que era más alo de lo que esperaba. Mucho más, por lo que, en silencio, pensó que habría quedado mejor el que eligiese unas sandalias con algo más de tacón.

El camino hacia la mesa que les habían reservado se le antojó levemente tenso. Sin embargo, era completamente normal el que Ezio estuviese nervioso. No sabía si definirlo como tímido o educado, pero sí parecía sentir cierta vergüenza ante el contacto físico, y se le antojó de lo más adorable. Ya frente a la mesa, dejó que le retirase la silla y le ayudase posteriormente a colocarla, lo que le hizo pensar que habría asistido a algún colegio británico o habría recibido ese estilo de educación ya que, en la actualidad, ese tipo de modales a muchos hombres de su edad le parecían obsoletos y anticuados.

“Mucha gracias, Ezio, eres muy amable” aseguró con una sonrisa, observando que ambos cogían la servilleta a la vez y la desdoblaban con meticulosidad, colocándola posteriormente sobre sus regazos. “Vaya, creo que eres la primera persona cercana a mi edad que veo que hace eso. ¿Puedo preguntarte de dónde eres Halia?” “Creo que lo acabas de hacer” contestó sorprendida ante la naturalidad de aquella pregunta “Y, esta vez, aunque no sea algo que acostumbre a hacer, prefiero que te dirijas a mí como Tazzia” hizo una breve pausa al ver que se acercaba el camarero con los entrantes que había pedido y los colocaba minuciosamente sobre la mesa. En cuanto terminó, ambos le dieron las gracias y se miraron de nuevo “Como decía, cuando te dirijas a mí, llámame Tazzia. Sí, es mi nombre de pila. No, no suelo usarlo nunca, pero esta es una ocasión diferente” le miró antes de suspirar sin darse cuenta “Tengo que ser una novia dulce y casi inocente, o no tanto, y, por desgracia, el hotel en el que se celebra la recepción tras el bautizo es muy habitual para los encuentros con damas de compañía y aunque dudo fervientemente que alguno de los hombres que acudan sean mis clientes, sí pueden reconocer mi nombre en el caso de que frecuenten este tipo de servicios”

A medida que hablaba, observó cómo los ojos azules de Ezio analizaban cada expresión, cada gesto. Sus pupilas seguían sus manos cuando de vez en cuando se movían para gesticular o enfatizar y, aquel detalle, logró ponerla levemente nerviosa ya que no sabía si él no entendía realmente cuál era su función allí o si realmente se comportaba así con todo el mundo y les prestaba tantísima atención.

“Comprendo” respondió finamente “Sería una enorme decepción para mí el saber que alguno de mis hermanos o mi propio padre es infiel. Realmente no veo que mal que existan mujeres como tú, que ofrecen el sexo casi como algo secundario. A veces pueden sacar de un apuro a alguien como ha sido mi caso y, si soy sincero, creo que nunca te podré estar lo suficientemente agradecido por esto” “Como bien dices, es mi trabajo” puntualizó antes de animarse a servirse un poco de ensalada con nueces y otros frutos secos y, aprovechando que tenía la fuente en las manos, dibujó un gesto interrogante en su rostro para saber si él también quería “Por favor” susurró ofreciéndole el plato con cierta torpeza “¿Por qué estás nervioso, Ezio?” preguntó cuando dejó nuevamente la fuente sobre la mesa para así poder aliñar lo que se había servido.

“Podría decirse que no me siento cómodo en mi entorno familiar. Como te comenté en el mail, ellos son empresarios de éxito que han invertido una fortuna en mi educación. He estudiado en los mejores internados británicos, de ahí que parezca sacado de una mala novela porno” bromeó negando para sí, dándose cuenta de lo estúpido que había sido aquel comentario “Hoy en día hacen falta hombres con modales y que dejen los látigos a un lado, Ezio. Me encantan los hombres como tú. Mis dos clientes habituales son hombres adultos, maduros y con una etiqueta increíble. Me fascina la educación, los protocolos. Cuando empecé en este trabajo, me apunté a una agencia que formaba a señoritas de compañía de alto nivel, de lujo, como les gustaba decir a ellos. Me hacían recibir clases de inglés y francés para mejorar mi pronunciación e incluso aprendí un poco de alemán. También nos enseñaron los protocolos en la mesa, cómo vestirnos y comportarnos dependiendo de dónde tuviésemos que trabajar. Me he acostumbrado a un círculo muy selecto de personas, si es que se puede definir así, por lo que si soy completamente franca, cosa que acostumbro, prefiero infinitamente que un hombre me retire la silla cuando me voy a sentar a la mesa, antes que uno que se sienta a comer como si estuviese en el sofá de su casa viendo un partido de fútbol”

Aquella explicación consiguió que, de alguna manera, se sintiese más tranquilo. Si era sincero, la única novia que había tenido, si se le podía denominar así, había sido una compañera del internado mixto en el que estudió a las afueras de Londres y ni siquiera había llegado a tener sexo con ella, por lo que, por muy buenos modales que tuviese, su experiencia con las mujeres era bastante escasa en muchos ámbitos. Sin embargo, aquella mujer parecía tener todo controlado, hasta el más mínimo detalle, lo que logró fascinarlo y llevarle a pensar que le gustaría conocerla en profundidad y solo en el caso de que ella misma se lo permitiese.

“Yo también hablo tres idiomas y soy aficionado también a ese tipo de detalles. La educación recibida influye. En mi casa siempre han sido muy estrictos para eso y supongo que lo he heredado de ellos. Me siento mal a veces. No me identifico con el resto de chicos de mi edad. A ellos les gusta salir, beber, tratar de irse con chicas, quieren tener novias y practicar mucho sexo. Pero, para mí lo más importante es la música. Ella es mi gran amante y me encantaría que mi familia pudiese valorar lo muchísimo que me gusta”

Sin darse cuenta, hizo una breve pausa al tiempo que miró a Tazzia, regalándole una sonrisa llena de una tristeza y resignación propias de alguien que creía que había perdido todo atisbo de felicidad en su vida. Negando levemente para sí, decidió que era el momento de comenzar a comer porque, de lo contrario, se les haría tarde y no llegarían al bautizo con puntualidad y aquello era lo último que deseaba que ocurriese aquel día.

“Tazzia” la llamó en voz baja, clavando al instante sus ojos en los suyos cuando alzó la vista hacia él “¿Te resultaría muy violento que comiésemos sin hablar demasiado? Me encantaría poder hablar contigo durante horas, pero no quiero llegar tarde y que después me puedan montar una escena. No me parece nada correcto para contigo” “Tranquilo, comamos. Podemos seguir con nuestra charla cuando terminemos”

El que asintiese con cierta pesadumbre logró que suspirase. Le veía demasiado frágil para aquel mundo. Le parecía un pequeño soñador que tan solo quería conseguir una meta y disfrutarla. Muchas veces, se creía que la gente con menos dinero lo pasaba peor que la gente de clases sociales altas porque no podían conseguir sus sueños por la falta de recursos. Pero, a veces, el tener esos mismos recursos y formar parte de una “tradición familiar” también podía ser una especie de tortura.

Al contrario de lo que esperaba, el silencio que reinó en la comida no fue violento o desagradable. Ambos comieron en silencio, regalándose sonrisas y, de vez en cuanto, Halia deslizó la mano derecha a lo largo de la mesa para poder acariciar la que había frente a esta, con la única intención de que Ezio se relajase y se acostumbrase a su tacto si en algún momento tenía que agarrarse a él cuando estuvieran en familia. Tal y como le dijo en los correos, fue él quien pagó la comida pese a que ella misma se ofreció a repartir los gastos, lo que le confirmó que era un caballero de pies a cabeza. Al menos, de momento. Y, al igual que cuando llegaron al restaurante, Ezio, le retiró la silla para que se levantase con mayor facilidad, logrando arrancarle una sonrisa.

“En serio, eres un encanto. ¿Me da tiempo a pasar al aseo a lavarme los dientes o tenemos que irnos ya?” preguntó mientras cogía el bolso que había dejado sobre la silla durante toda la comida “Tengo que pasar por mi casa a cambiarme, puedes usar mi cuarto de baño si lo prefieres. Está dentro de mi propia habitación, así que nadie te molestaría” “De acuerdo, eso también me sirve” comentó con una sonrisa al tiempo que, ya con el bolso en la mano, se acercaba a él y se aferraba a su brazo “¿Me guías?” preguntó inclinando la cabeza hacia él, llegando a rozar su hombro con ella, en un gesto que había practicado decenas de veces “Eres muy buena, hasta yo me lo he creído” “No seas malo” le regañó con una sonrisa divertida dibujada en los labios “Soy tu novia desde el momento en que entraste al restaurante, tengo que comportarme como tal y hacer que parezca creíble. Si no, mi trabajo sería un auténtico desastre y quedarías fatal por mi culpa. Además, eres agradable, no será difícil el que nos mostremos naturales delante de tu familia” “Entonces…” dijo con cierta inseguridad mientras comenzaba a caminar a lo largo de la calle, buscando al hacerlo el coche con la mirada ya que había hecho el examen práctico de conducir el mismo día de su cumpleaños “¿Qué viste en mí? ¿Cómo te enamoraste mí? ¿Cómo nos conocimos?”

La música que inundó el coche en cuanto Ezio lo puso en marcha consiguió que se relajase. Aquella melodía ondulante, lenta, con un saxo de fondo se le antojó tan sensual que creyó que podría acariciarle la piel de sus brazos desnudos. Aún con aquellas tres preguntas rondándole por la cabeza, suspiró largamente y se acomodó un poco mejor en el asiento mientras pensaba.

“Soy Tazzia. Tengo diecinueve años y estudié en tu mismo internado. Nos conocemos desde hace varios años y, este último, hemos mantenido una bonita relación a distancia que se ha ido consolidando con el paso de los meses y que ha culminado ahora que finalmente has vuelto a Roma. No pude resistirme a tus preciosos ojos azules. A lo educado que eras. A lo maravillosamente bien que interpretabas al piano no solo las obras maestras de los clásicos, sino también de las melodías de jazz que componías solo para ti y que compartías conmigo. Aunque pudiese parecer muy cliché a los ojos de todos, nos dimos nuestro primer beso bajo el tejadillo de una pastelería londinense, en un día de lluvia porque, como suele ocurrir en esa preciosa ciudad, la lluvia siempre va y viene”

“Me gusta” lo escuchó susurrar desde el asiento del conductor, notando lo tenso que estaba, seguramente por ir conduciendo con alguien más al lado “¿Cómo supiste que me gusta el jazz si no hemos hablado de ello?” preguntó mirándola de reojo “Porque soy tu novia” contestó como si fuese lo más obvio del mundo “Por el tipo de música que escuchas. Conozco estos grupos. Andrea suele disfrutar mucho de este mismo estilo, por eso lo he supuesto. Además, suele dar pie a la improvisación y eso es algo que da mucha vida a un músico” “Realmente eres buena, Tazzia” susurró deteniéndose en un semáforo, por lo que aprovechó para girarse hacia ella “Sé que esto te lo habrá dicho mucha gente pero. Quiero conocerte. No para que seas mi novia de verdad y te enamores de mí. No” negó sonriendo suavemente “No estoy loco, tranquila. Pero no tengo amigos en Roma. Toda la gente que conocía se quedó en Londres o se fue a vivir su vida y yo me he quedado aquí, en un lugar en el que no encajo. Eres la primera persona que conozco en esta ciudad que parece comprenderme un poco. Sé que puede sonar muy desesperado, pero realmente me gustaría poder llegar a crear una amistad contigo” “Arranca anda” dijo con dulzura al ver que el semáforo se había puesto en rojo “Ahora solo tenemos que pensar en el bautizo y en engañar a tu familia. Después, con la cabeza fría y cuando lleves más tiempo aquí, seguramente cambies de opinión”
El tiempo que pasó desde que arrancó nuevamente el coche hasta que llegó a la iglesia se le antojó demasiado escaso. Pese a que en un primer momento llegase a creer que Tazzia se habría sentido incómoda por su inesperada proposición, la preciosa joven se mostró alegre, jovial. Casi como si realmente estuviese disfrutando de la conversación que mantenían acerca de sus vidas, de lo que estudiaron, de los lugares que habían visitado, él por puro ocio y ella gracias a su trabajo. Antes de salir de la habitación ya ataviado con el traje que había elegido, se acercó al piano que había conseguido que le regalasen gracias a la intervención de su abuela y se sentó en el taburete de terciopelo casi al tiempo que estiraba los brazos para subirse las mangas de la chaqueta y la americana. Y, como si ella le hubiera leído la mente, se sentó a su lado, regalándole una cálida sonrisa cuando comenzó a tocar una melodía suave, dulce, similar a una nana.

“Me gusta” susurró como si tuviese miedo de romper aquel ambiente que había creado su música.

“A partir de ahora será tu canción” contestó en su mismo tono de voz “Si eres mi novia, mínimo tendrás que tener obra solo para ti ¿no?” preguntó mientras poco a poco se iba deteniendo.

“¿Acabas de crearla de la nada?”

La sorpresa en su tono de voz tan solo consiguió que su sonrisa se ampliase mientras asentía.

“Sí. Ya lo dijiste en el coche, me gusta el jazz porque la improvisación vive dentro de mí. La melodía es como tú: elegante, suave, dulce, frágil. En un escenario perfecto tú disfrutarías de una copa, cerca de la chimenea, mientras alguien compondría canciones para ti”

“Según Andrea, soy una especie de musa” bromeó antes de dale un beso en la mejilla en un gesto espontáneo. No sabía por qué le inspiraba tanta ternura. Aunque supuso que el que nadie de la familia se hubiera entretenido con él más de dos minutos cuando trató de presentarla al llegar a la casa tuvo un poco que ver.

“A mí me encantaría poder tener una” reconoció sin saber cómo reaccionar ante aquel beso “Le dedicaría mi tiempo, mis obras. Su cuerpo sería mi piano particular y crearía música con él. Aunque supongo que tendré que buscarla en alguien o mucho mayor que yo, o volviendo a Londres para tratar de mantener un mínimo de contacto con las personas que conocía”

No supo si aquel comentario había sido intencionado o si realmente lo decía de verdad. Aunque, tras observar la decoración de su dormitorio, pudo llegar a la conclusión de que realmente era un hombre adulto dentro del cuerpo de un chico que acababa de salir de la adolescencia. Al fondo de la habitación, la cama de matrimonio estaba cubierta por un edredón nórdico blanco, que le otorgaba una extraña frialdad cuando, a su parecer, la cama de uno mismo debía ser una especie de santuario bajo el que poder refugiarse. La decoración de las paredes era elegante, pero impersonal, casi como el resto de la casa. Las estanterías estaban llenas de libros antiguos, primeras ediciones y volúmenes de colecciones que tan solo había encontrado en la biblioteca de la universidad. En aquel cuarto no dormía un joven, sino un anciano oculto bajo la máscara de un niño. Y, por primera vez desde que le dijo en el coche que le gustaría conocerla de verdad, se planteó la posibilidad de que lo hubiera dicho con sinceridad y no como un cliché.

Perdida en aquellos pensamientos, no pudo controlar un leve respingo que provocó que todo su cuerpo se sobresaltase cuando sintió una mano en su hombro izquierdo. Sintiéndose terriblemente estúpida, suspiró para sí y le dedicó una sonrisa a un Ezio que la miraba preocupado.

“¿Estás bien?” “Sí” aseguró mientras se levantaba de la banqueta y se alisaba la falda del vestido “Solo estaba pensando en la cantidad de libros que tienes y que seguramente tendré que pedirte que me prestes alguno cuando tenga que leerlos a lo largo de la carrera” “¡Claro! Son de mi padre, pero su necesitas alguno de ellos, solo pídemelo. Tiene tantos que no lleva la cuenta. Le gusta coleccionarlos, pero luego se olvida de muchos de ellos”

Consciente de que su propio comentario implicaba el que mantuviesen un contacto, se acercó a por el pequeño bolso de mano que había dejado en la cama junto con la chaqueta de perlé color crema que habían pasado a buscar a su piso antes de ir a la enorme casa individual de Ezio y, una vez se la puso, se acercó hasta él y volvió a agarrarse a su brazo en cuanto se lo ofreció.

“¿Listo para el segundo acto?” preguntó en un susurro, como si tratase de hacerlo cómplice de algún juego pese a que aquello formase parte de su trabajo “Listo”

El interior de la enorme iglesia estaba atestado de gente, por lo que no le quedó más remedio que pensar que, más que un bautizo, aquel evento parecía una comunión o incluso una boda. Guiada por la mano de Ezio, se adentró hasta los bancos de las primeras filas, reconociendo por el camino a varios de los clientes de la agencia que, curiosamente, nunca habían contactado con ella por no “ser lo que esperaban”. Sin poder evitar un horrible nerviosismo que se acomodó en su estómago, se sentó junto al joven que parecía pertenecer más bien a cualquier país nórdico que a aquel mediterráneo y, sin darse cuenta, se pegó un poco más a él, como si buscase esconderse en su cuerpo.

“¿Pasa algo?”

El que se inclinase para susurrarle aquella palabras al oído no consiguió el efecto que seguramente él habría buscado, por lo que no le quedó más remedio que separarse levemente de él, y así poder sacar su móvil y comenzar a escribir en una nota de texto.

“Hay varios clientes aquí de la agencia en la que trabajaba. Por suerte no son míos, pero me resulta un poco violento”

“¿Por qué?” preguntó en un nuevo susurro mientras la observaba con atención. Casi como si le extrañase aquella actitud que se le antojó demasiado puritana para el trabajo que desempeñaba.

“Por ti” escribió de nuevo “Si me reconocen, sabrán que toda tu historia es mentira. Lo bueno es que están lejos de aquí, no veo a nadie que me resulte conocido en tu familia directa”

Pese a que él asintiese, ella sabía que le mentía. Entre los presentes había una cara demasiado familiar para ella. No porque le hubiese tratado directamente. Sino porque una de sus compañeras era más que su chica de compañía, su cortesana. Y, pese a que en ambos casos la dinámica fuese la misma, la cortesana era una amante discreta que atendía a muy pocos hombres los cuales, a veces, les ofrecían sus inmuebles para que viviesen allí y así poder verlas de forma discreta. Y, el que aquel hombre fuese el padre del niño del bautizo, tan solo provocaba que tuviese ganas de salir corriendo de allí. Sin embargo, no podía hacerlo. Sería demasiado obvio el que pasaba algo y no quería preocupar a un Ezio que por fin se había relajado lo suficiente como para cogerle la mano y acariciarle el dorso de esta con el pulgar cada vez que volvían a sentarse en los momentos correspondientes de la ceremonia. Y, fue una de las veces que tuvieron que levantarse cuando la vio. Geneviève estaba en el banco destinado a los padrinos, al lado de la madre de Ezio con quien hablaba de vez en cuando, seguramente sobre las mujeres que había en el resto de la iglesia. Sin saber qué hacer o cómo abordar el tema, le dio un leve apretón a la mano que había en la suya y, con toda la discreción que pudo, sacó del bolso el teléfono móvil y le envió un mensaje a través de Whatsapp, queriendo advertirle de la situación que vivía en aquel momento para que el joven no se metiese en problemas.

“Hola, Génie. ¿Qué tal estás? Tengo un semi problema. Estamos en la misma iglesia. Estoy trabajando, soy la novia del hijo pequeño de la familia. Por favor, no nos dirijamos la palabra hoy, pese a que sabes que me encantaría saludarte y charlar como siempre”

En cuanto envió el mensaje, llevó la vista al frente, no sin antes acercarse levemente a Ezio y apoyar su cabeza un segundo en su hombro, tal y como había hecho en el restaurante.

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