Capítulo ∞ – 16

94c10be2cf9c2099b7092d92f9b55665La Playa, como era costumbre los viernes por la noche, se encontraba abarrotada de gente que bebía y bailaba sin control, sin importarles lo más mínimo el que sus cuerpos se rozasen o el líquido ambarino de sus vasos de tubo se derramase sobre la caras y minimalistas prendas que cubrían los cuerpos sudorosos que bailaban al compás de la música electrónica que nacía a manos del Dj de moda.

La Playa, como había sido desde que se fundó hacía más de veinte años, era un antro de perversiones, de alcohol, sexo y drogas en el que se podía encontrar a las prostitutas más atractivas de toda la zona roja de Kiev. Y, es que en La Playa, no había sitio para los recatados. Nadie sabía a ciencia cierta de dónde salían aquellas mujeres que contaban, algunas, con una dudosa mayoría de edad mientras que, otras, lucían figuras despampanantes llenas de curvas que nada tendrían que envidiar a las latinas más calientes de Cuba o Brazil. Y, como era costumbre, las mujeres se movían al ritmo de aquella música que muchos podrían considerar ruido, animando con ello el ambiente más aún de lo que ya estaba , ya que esa noche, era diferente.

El Americano casi nunca solía ir personalmente a ver sus chicas a menos que hubiese ocurrido algo realmente fuera de lugar. Pero, para desgracia de todos los que trabajaban en aquel antro de lujuria, camuflado como una discoteca de moda a la que muy pocos tenían acceso, alguien había hecho algo muy feo que podía poner en serio peligro parte del negocio. Nadie sabía quién había sido. Y, aunque lo supiesen, tampoco lo habrían dicho. Al menos no de forma que todos pudieran localizar al chivato. No. Los delatores nunca hablaban directamente con El Americano, sino con sus dos preciosas y letales guardaespaldas. A la derecha de aquel hombre de treinta y siete años que lucía un corte severo y una barba bien cuidada e impecable a juego con el castaño de su pelo, caminaba una mujer asiática que podría ser casi tan alta como él gracias a los tacones que no solo utilizaba para que sus figura pareciese aún más esbelta, sino también como arma blanca. Uno nunca se podía fiar de Mavis y su arte con los cuchillos. No por nada se había ganado con una facilidad asombrosa ser el ojito derecho de aquel hombre que ahora caminaba a lo largo de la pista de baile, queriendo así comprobar personalmente que todo estuviera en orden. A cada paso que daba, Alex, una mujer afroamericana que había heredado los ojos azules de su padre, caminaba a su lado, con una mano siempre apoyada en su hombro izquierdo. Nadie podría tocarlo a menos que acabase primero con la vida de aquella joven de veintetrés años, experta en el manejo de armas de fuego así como en la lucha cuerpo a cuerpo. No. Nadie podía siquiera aspirar el varonil perfume de El Americano a menos que él mismo lo desease.

Sin demasiada prisa, se detuvo en la barra principal y, con un acento ruso tan neutro y educado que podría provocar escalofríos, pidió una copa, haciendo honor siempre a la Madre Rusia: Vodka solo, con un par de hielos, una rodaja verde lima adornando el borde de este y dos gotas exprimidas directamente de una pequeña lima que fue arrojada después a la basura. Nadie tenía el honor de compartir ni siquiera una pequeña pieza de fruta que antes hubiese disfrutado él. Con paciencia, tenía toda la noche para sí y para arreglar aquel “feo asunto”, degustó la pureza de aquel alcohol, mientras se deleitaba viendo cómo sus preciosas guardaespaldas se entretenían entre sí. Como era costumbre en ellas, Mavis, aprovechando su altura, se había colocado a la espalda de Alex quien le miraba con los ojos entrecerrados al tiempo que se mordía el labio inferior ya que los dedos de la asiática se habían perdido dentro de las bragas de la mujer que estiró un brazo hacia él, con la única intención de acariciar su pecho, oculto por la elegante americana azul, ya que las puntas de sus dedos se quedaron estáticos cuando llegaron a la presilla de su cinturón.

“Alex, Alex, Alex. Estás de servicio, mi precioso bombón de licor” dijo a suficiente volumen, esa vez en inglés, mientras veía cómo esta echaba hacia atrás un brazo con el que buscó apoyo en el hombro de Mavis, quien seguía masturbándola más para el deleite de aquel hombre que por el propio placer de hacerlo ella misma. “Eso díselo a ella” protestó con la voz ronca, grave, entrecortada, revelando con ello el nivel de excitación que había alcanzado su cuerpo en aquel momento “Lo haré, descuida. Las dos sois unas preciosas niñas malas” contestó llamándolas con el índice y, como si de aquella orden dependiesen sus vidas, las dos se acercaron a él, quien dejó sobre la barra el vaso del que apenas sí había bebido un par de sorbos. “¿Tengo que enseñaros yo cómo se hace?” preguntó de forma socarrona, mientra se subía levemente las mangas de la camisa y de la americana, dejando así a sus manos plena libertad de movimiento.

Nadie escuchó el suave jadeo de asombro de la camarera cuando El Americano coló ambas manos dentro de los respetivos pantalones de las mujeres que se acercaron a él, como si de esa manera tratasen de protegerlo de los demás pese a que en aquel momento, nadie se atrevería a acercarse a él. Sabiendo que tenía plena ventaja, recolocó las manos de forma que pudo adentrarse en sus cuerpos con facilidad, recordando siempre que a Mavis, al principio, tan solo podía ofrecerle su dedo corazón ya que, pese a no saber cómo, se mantenía tan estrecha como cuando se la folló la primera vez en su ático de lujo con vistas al Central Park y, de aquello, hacía ya cerca de diez años. Sin embargo, no podía negar que le encantaba el que fuese tan jodidamente estrecha, siendo el contrapunto de Alex quien, ante el más mínimo roce, ya se subía por las paredes y estaba más que dispuesta a ser penetrada por sus dedos, por su falo erecto o por cualquiera de los juguetes de Mavis quien, pese a su aspecto elegante y callado, parecía siempre una perra en celo. Y, aquella noche, no iba a ser la excepción. La asiática de veintiocho años, comenzó a moverse contra su dedo de forma lenta, sensual, provocativa, sabiendo que él disfrutaría de sentir cómo se autopenetraba pese a lo estrecho que era el hueco que había en su pantalón. Sin embargo, eso no disuadió a aquel hombre que, en cuanto sintió que se movía con facilidad, la penetró con otro dedo, provocando así que gimiese. Satisfecho, llevó apenas unos segundos después la vista a Alex, quien le había facilitado aquella labor metiendo una mano dentro de sus bragas para así acariciarse ella misma. La joven era impaciente, fogosa, y eso le gustaba porque de esa forma podía desahogarse de forma rápida con ella cuando después quería una sesión más sofisticada y llena de fetiches junto a Mavis. Sí, había salido ganando con el trato, de eso no había lugar a dudas. Cambiarlas a cada una por un kilo de coca había sido uno de sus mejores negocios ya que estaba seguro de que, en el mercado negro, las dos juntas y entrenadas le habrían costado una verdadera fortuna.

Con la mente más pendiente de lo que tendría que hacer cuando llegase la hora que de sus chicas, continuó masturbándolas de forma mecánica. Las conocía lo suficiente como para saber qué les gustaba y qué no. Y el que las tocase en público era algo que a ambas les volvía locas porque, de esa forma, se sentían superiores a las demás porque todas sabían que nadie podía tocarle a menos que él mismo fuese quien solicitase el servicio de cualquiera de sus chicas. Algunas, a veces, trataban de acercarse a él solo por curiosidad. Solo para saber si era tan buen amante como sus dos guardaespaldas y los rumores aseguraban. Pero, lo más que habían obtenido de él, era el que las dejase deleitarse con la dureza de su erección delante de todo aquel que quisiera mirar porque, si alguien quería tocarlo, debía de ser en público, con sus dos chicas delante, siempre alerta. Aún dentro de aquel hilo de pensamientos, regresó a la realidad cuando sintió las paredes de Alex cerrándose alrededor de sus dedos así cómo un aumento de flujo en el interior de su cuerpo. Si algo le gustaba era lo sencillo que era satisfacerla y lo mucho toda ella reaccionaba ante cualquier estímulo. Sin apartar los ojos de ella, siguió penetrándola un par de minutos más tan solo por mera diversión, hasta que finalmente retiró los dedos de su cuerpo, los cuales llevó a su boca para que ella misma los limpiase.

“¿Tan deliciosa como siempre, Alex?” preguntó sonriendo de medio lado, observando al hacerlo cómo se entretenía en limpiarle los dedos con el mismo deleite con el que si estuviese chupando su falo. Satisfecho por el trato recibido, le indicó con un gesto de cabeza que se fuese de allí. Obediente, asintió y se dispuso a desaparecer, no sin antes acercarse a robarle un beso que le quemaba en los labios. “Buena chica. Ahora ve y prepáralo todo. Ya sabes lo que hay que hacer. En cuanto acabe con Mavis, nos reuniremos contigo” Antes de esperar siquiera a que asintiese, sacó la mano que tenía en el pantalón de la delgada asiática, el cual le abrió hasta que pudo bajárselo con facilidad hasta las rodillas, sin que a ella le importase lo más mínimo el que se hubiese formado de repente un corro de babosos a su alrededor. Sabiendo qué era lo que quería hacer con ella, apoyó los brazos en la barra y puso el culo en pompa, dejándolo así a la vista de todos los que se habían arremolinado allí. Llena de curiosidad, ladeó la cabeza y pudo apreciar cómo El Americano le pedía a la mujer de la barra una botella de Cocacola abierta, limpia y vacía, la cual, una vez tuvo en su poder, enfundó en un condón para que no crease vacío una vez la introdujese en su cuerpo. “Cómo te encanta montar el numerito, Mavis” lo escuchó decir un instante antes de sentir cómo la frialdad del cristal traspasaba la fina barrera que era el condón. Obviamente, la mujer habría preferido que fuese él quien la follase allí, delante de todos, pero sabía que eso solo podría tenerlo una vez estuviesen en la carísima suite del hotel en el que se hospedarían en cuando acabase el trabajo.

En el mismo momento en que Mavis llegó a su orgasmo entre azotes y la fricción que creaba la botella mientras que El Americano la penetraba con ella, toda la gente que se había arremolinado a mirar se disipó con la misma rapidez con la que lo hacía una bandada de pájaros. Todo el mundo sabía que en aquel sitio se permitían aquel tipo de actos. Pero nadie se quedaba a mirar cuando estos terminaban. Una vez la joven recuperó la compostura, se vistió con aquel aire de superioridad que mostraba en cualquier tipo de situación y, tras asegurarse de que la botella de cocacola había acabado en la basura, comenzó a seguir al Americano en cuanto comenzó a caminar hacia la puerta que les conduciría al sótano.

El sótano, también conocido como la sala de castigos, era una especie de nave diáfana que había bajo la planta principal de La Playa. Allí, como su nombre indicaban, se llevaban a cabo las reprimendas sobre los que, nadie sabía si por torpeza o propia estupidez, cometían errores que, bajo los ojos de El Americano, eran sencillamente imperdonables. Tal y como esperaba, Alex había hecho su trabajo a la perfección: Iván, el hombre que había provocado que un cajón entero lleno de bellezas ucranianas de quince años fuese descubierto antes de que llegase al puerto, en donde tendría vía libre para salir del país; se encontraba maniatado y desnudo sobre una silla similar a las que se utilizaban para la electrocución en las cárceles americanas. Si aquel incidente hubiese ocurrido en la parte de aquel país que era controlado por Rusia, habría podido recuperarlo sin problema alguno. Todos conocían su negocio y el cuidado que ponía en este, así como los castigos que aplicaba. Sin embargo, el que fuese la policía federal ucraniana la que tomase cartas en el asunto le había jodido el golpe a base de bien.

“Vaya Iván, volvemos a encontrarnos” comentó mientras sacaba una pitillera de plata del bolsillo interno de la americana. Sin prisa alguna, se encendió un cigarrillo, observando cómo Mavis se arrodillaba delante de aquel hombre y comenzaba a hacer su trabajo. “Le juro que yo no tuve la culpa. Hice lo mismo que siempre. Seguro que tenemos un topo dentro. Nadie podría haber sabido nada” A medida que hablaba, su voz se iba entrecortando debido a las atenciones que aquella mujer le regalaba en su miembro fláccido y arrugado “Cierto” contestó dándole otra calada al cigarrillo “Tienes razón. Tenemos un topo. Por eso solo tu cargamento ha sido el descubierto” cuando terminó de hablar, miró a Alex quien asintió como si estuviese hablando con ella y no con aquel hombre, que lo único que hacía era temblar sobre la silla “Oh, mi querido Ivan, ¿No te gusta la boca de mi preciosa chica? Sabe chuparla como pocas, sin ánimo de ofender, bombocito” guiñó a Alex tras aquel comentario, quien sonrió de manera coqueta antes de acercarse a él y hacer una mueca infantil con los labios. Le encantaba aquella parte del espectáculo y no disimulaba lo mucho que disfrutaba con ello. “No creo que haya venido hasta aquí desde Nueva York para que su chica me la chupe” dijo mirándola cuando finalmente se introdujo su pene en la boca, el cual comenzó a reaccionar pese a que no quisiera. “Cierto. No he venido solo para eso. Pero a ella le gusta, es mi zorrita, no se lo voy a negar” sonrió al tiempo que le ofrecía el cigarro a Alex, quien se lo robó tras darle una larga calada, asegurándose así de poder echarle el humo a Iván en la cara. “He venido porque, esta vez, me aseguré de que los tres cajones se enviasen con tres grupos distintos. Cada uno de ellos, custodiado por hombres de mi plena confianza. Los mejores. O eso creía. Hasta que, tras hacer la misma ruta, solo uno de ellos fue descubierto, confiscado y, por consecuencia, mis preciosas ucranianas quedaron libres mientras que, en Estados Unidos, tengo un cargamento de latinas deseando venir aquí a trabajar para mí. Les has roto el corazón a unas pobres niñas de dieciséis años, Iván”

En cuanto terminó de hablar, Alex le clavó el cigarrillo en el brazo, de forma sucesiva, haciéndole así cinco quemaduras que iban en un orden lineal, perfecto. “¿Qué cantidad te ofrecieron y quién?” preguntó mirándole directamente a los ojos desde su posición, observando así cómo Mavis sacaba un punzón tan afilado como un alfiler de su tacón derecho. “No me pagaron nada, no había nadie. Alguien de dentro me delató. Yo nunca podría traicionarle” “Mavis”

Ante aquella orden, la mujer apartó su boca del miembro de aquel hombre, el cual pinchó con la punta del punzón en la del glande, provocando que gritase. “Te haré de nuevo la pregunta Iván. ¿Cuánto y quién?” “Amenazaron con violar y descuartizar a mi hija, pero no sé quién. Todo fue a través de un número desconocido de móvil” “Mavis, querida, creo que no le ha quedado muy clara su posición”

Al igual que antes, la joven comenzó a pincharle, solo que esa vez, cogió parte de la piel del prepucio y la atravesó al igual que si fuese a colocar un piercing. Sin embargo, por mucho que ella tuviese una destreza sin igual, el que Iván se moviese provocó que él mismo se desgarrase y comenzase a sangrar. “¡¡Era un italiano!!” exclamó por fin envuelto en lágrimas y temblores “Me dijo que lo conocía. Que era un aviso para usted, por meterse en su terreno. otra vez. Pero que, si le avisaba, mataría a mi hija. ¿Qué podía hacer yo?” “Cierto, ¿qué podrías hacer, tú, Iván?” Sin prisa, se acercó a Alex, quien se había entretenido en seguir creando aquella línea de quemaduras a lo largo de su brazo, hasta llegar al hombro, y, con un leve gesto de cabeza, señaló a Iván, indicándole así qué era lo que tenía que hacer.

Sin molestarse siquiera en ver cómo la joven sacaba el revolver de su bolso y le colocaba el silenciador, El Americano se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el centro de aquella nave, buscando únicamente el no mancharse la ropa. “Mavis, es tu turno” dijo cuando escuchó el disparo casi mudo que atravesó el cráneo de Iván, manchando al hacerlo los rostros de las jóvenes. “Prepáralo como de costumbre y envíaselo a Angelo para que le sirva de advertencia” Sabiendo que no era necesario que se quedase allí para ver cómo hacían el trabajo, subió de nuevo a la pista a buscar una copa, no sin antes decirles que una vez terminasen de empaquetar el cuerpo hecho pedazos y lo dejasen preparado para que lo recogiese el encargado de llevarlo a Florencia, fuesen a buscarle para que regresasen al hotel y así pudiesen darse una ducha para continuar disfrutando de la fría noche en Kiev.

Sin embargo, el que Iván hubiera confesado que se trataba de un segundo aviso, provocó que sacase otro cigarrillo de la pitillera de plata y se lo llevase a los labios. Conocía demasiado bien a aquel hijo de puta. Más de lo que le gustaría. Con la única intención de apartar aquellos pensamientos que querían asaltar su mente, se encaminó nuevamente hacia la planta principal de La Playa y, una vez estuvo en la barra, volvió a pedir un vodka, solo que esa vez, fue uno doble. Desde su nueva ubicación, pudo localizar a Yasha, un hombre de treinta y cinco años que, al igual que él, estaba cubierto de tatuajes y cicatrices que nunca desaparecían porque las del alma eran mucho más profundas que las que habitaban en la piel. Y, su mera presencia, fue lo que desencadenó que se viese a sí mismo diez años atrás con las manos envueltas en la sangre de la única persona que conseguía que conservase la poca humanidad que quedaba dentro de él.

Por más que lo intentase, jamás podría apartar aquella escena de su mente. Incluso si se concentraba lo suficiente podría percibir el aroma a sangre fresca cuando, aquella tarde de agosto, se adentró en la casa de su hermana con una cesta llena de peluches y un ramo de globos de colores que eran el regalo de su preciosa sobrina de tres años. Pero, para su desgracia, en el salón de la casa nunca encontró una fiesta, ni una pequeña niña de rizos rubios corriendo hacia su tío favorito. En su lugar, encontró los cadáveres descuartizados y violados tanto de su única hermana como de la pequeña que era su mundo, su vida, su lado vulnerable y humano. Y, junto a ellas, halló una caja de madera con una rosa tallada en la tapa: la firma de Ángelo, uno de los capos que controlaba Florencia y a quien le había robado un alijo de coca en el paso de la frontera. Sabía que aquello había sido una amenaza. Que lo que buscaba era intimidarlo, hacerle saber que si ellas que vivían escondidas y alejadas de todo su mundo habían muerto, él también podría hacerlo. Sin embargo, aquella pérdida le hizo mucho más fuerte, mucho más precavido, más inteligente y astuto. Por eso, en cuanto supo que estaba nuevamente tras su pista, se aseguró de descubrir quién era la persona que hacía tratos con él para salvar su vida pese a que, el muy estúpido, no contase con ser descubierto y, menos aún con el hecho de que seguramente aquel hombre acabaría igualmente con la vida de su familia porque no conocía el significado de las palabras piedad y lealtad.

Concentrado en sus propios pensamientos, se terminó el vodka que le quemó en la garganta por culpa de la ira que sentía en aquel momento y en cuanto vio a sus chicas aparecer completamente limpias y sonrientes una vez subieron del sótano se acercó hasta ellas con los ojos entrecerrados e inyectados en sangre, provocando que ambas se sentasen. “Mavis, necesito que hables con nuestros contactos en Italia. Quiero que lo tengan todo preparado en una hora para recibir instrucciones. Alex, avisa a nuestro piloto para que tengan preparado el jet privado. Mañana, a primera hora, nos vamos a Florencia”

Sin molestarse en ver cómo ambas sacaban sus teléfonos móviles de última generación para comenzar a organizarlo todo, se acercó a una joven rubia que no ocultaba demasiado bien su figura bajo un vestido rojo y, seguido en la distancia por Yasha, se alejó con ella hasta una habitación privada en la que descargó toda su frustración con aquel frágil cuerpo que se retorcía de dolor a cada nueva embestida que arremetía contra él. Una vez satisfecho, se apartó de la joven que lloraba llena de desesperación y, como si de esa forma pudiese compensar lo que acababa de hacer, dejó un par de billetes de quinientos euros sobre la cama, sin molestarse en mirar los moratones de sus muñecas ni la marca de sus dedos que se quedó grabada en una de sus mejillas cuando la abofeteó para que se estuviese quieta de una maldita vez.

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