El Soldado de Invierno: La caída de Hydra

Sin título-12.

El reloj digital de la consulta le indicó que era hora de volver a casa cuando al cambiar de las 19:59 a las 20:00 horas la suave alarma que imitaba el sonido de un río fluyendo, ya que era lo suficientemente relajante como para que el paciente que estuviese con ella no se sobresaltase al escucharla si estaba en medio de alguna sesión o terapia de inducción neuronal, le hizo apartar la vista del ordenador. Sin embargo, aquella tarde había terminado antes que de costumbre, por lo que se había puesto a indagar a través de internet lo que estaba ocurriendo en la ciudad porque había escuchado comentar no solo a sus compañeros de trabajo, sino también a sus pacientes, que desde hacía un par de meses habían comenzado de nuevo las extrañas desapariciones que todo el mundo adjudicaba a los patrulleros de Hydra, quienes se encargaban de “aleccionar” a todos los que estuviesen en contra del nuevo régimen político que habían establecido. Y, tal y como temía, lo que encontró a través de las diferentes páginas y redes sociales no era muy alentador. De hecho, algo en su interior le dijo que debía de tener cuidado con su propio trabajo y ser más discreta ya que últimamente habían pasado por su consulta demasiadas personas que querían protegerse de la altísima manipulación que se llevaba a cabo en los colegios ya que los profesores trataban de inducir a los niños y adolescentes ideas pro Hydra para que se uniesen a sus filas aun siendo menores de edad. Y, por ese mismo motivo, muchos padres asustados acudían a ella recomendados por otros para proteger las frágiles mentes de sus hijos porque no querían que acabasen empuñando las armas, y menos aún para un régimen en el que no creían.

Ante aquel pensamiento, no le quedó más remedio que suspirar. El mundo se estaba yendo poco a poco por el desagüe y no había nadie que pudiera impedirlo ya que ni siquiera los Vengadores tenían el poder suficiente en la actualidad como para enfrentarse al enorme ejército de Hydra. Sin embargo, muchas personas como ella actuaban de manera silenciosa, discreta. No con armas, sino con la tecnología, con el conocimiento, con la inteligencia. Pero, para su desgracia, ni siquiera podían defenderse con sus propios recursos porque Hydra estaba secuestrando a científicos y médicos para que les ayudasen a su causa, la cual casi nadie defendía ya. Sí. Los Vengadores lo habían hecho mal creando a Ultrón. Era un hecho. Pero tampoco la humanidad había actuado bien dejando que fuesen los altos dirigentes de Hydra quienes se encargasen de controlar el mundo. Sintiéndose impotente ante aquel pensamiento, se pasó las manos por el rostro y apretó sus mejillas suavemente, como si así tratase de apartar aquellas ideas tan negativas de sí.
“Encontraremos una solución. Lo sé”

Su propia voz asesinó el silencio que reinaba en el despacho y, sabiendo que debía volver a casa a descansar, se levantó de la silla y fue a buscar el abrigo y el bolso que había cogido esa mañana antes de salir. Pero, fue al pasar cerca de la ventana, cuando descubrió que estaba lloviendo y que se había olvidado el paraguas en el armario de la entrada.

“Genial…”

Casi como si se regañase a sí misma, siseó al tiempo que resoplaba ¿Dónde diablos habría tenido la cabeza esa mañana para olvidarse el paraguas cuando sabía más que de sobra que iba a llover? Consciente de que aquello ya no tenía remedio, salió del despacho con la idea en mente de pedir un taxi que fuese a buscarla al hospital y que, desde allí, la llevase a casa. Sin embargo, antes poder llegar a la puerta de atrás, reconoció un rostro familiar en la recepción del área de psiquiatría que la miraba con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Qué estaba haciendo ella allí?

“Buenas tardes, Elizabeth. He venido a buscarte, te habías dejado el paraguas en casa y no quería que te enfriases”

La voz de Alice llegó hasta ella al tiempo que miraba en todas direcciones asegurándose de que no hubiese nadie más allí. Lo último que necesitaba era que sus compañeros descubriesen que tenía en propia casa a un androide robado y reprogramado para que fuese su ayudante personal a la vez que guardaespaldas, por si en algún momento las cosas se ponían demasiado feas.

“Gracias, Alice” contestó acercándose hacia la máquina que lucía el aspecto de una mujer de unos treinta años de aspecto afable y rasgos caucásicos “Aunque no tenías que haberte molestado, tenía pensado volver a casa en taxi” “No es recomendable” aseguró el androide dotado de una inteligencia artificial tan avanzada que nada tendría que envidiar a las que programaba Tony Stark “Hay ojos en todos los lados, Elizabeth. No es seguro que camines sola a estas horas de la noche”

Aquel comentario provocó que la mirase como lo habría hecho si tuviese delante a una persona de carne y hueso ¿A qué se estaría refiriendo con que había ojos en todos lados? ¿La estarían acaso vigilando? No, imposible. Se había asegurado de no dejar rastros, ya no solo de su trabajo sino también de la subvención que estaba recibiendo de un donante anónimo que lo único que quería, según él, era fomentar el estudio de los trastornos del sueño y cuyo trabajo le parecía magnífico ya que podría de esa forma librar a las personas no solo de las pesadillas sino de traumas más severos. Ante su propio pensamiento no le quedó más remedio que ser consciente de su error. Aquel hombre que solía llamarla todas las semanas al teléfono que él mismo le había proporcionado podría ser alguien de Hydra que estuviese ganándose su confianza porque sabía que necesitaba el dinero para obtener el material necesario para sus investigaciones. Sintiéndose terriblemente estúpida en aquel momento, se aferró al brazo de Alice y tiró de ella hacia la puerta principal. Si realmente alguien la estaba espiando, lo último que tendría que hacer sería volver a casa por el camino de siempre.

“Elizabeth ¿Por qué varías tu ruta? ¿Ha pasado algo?” “Aún no, pero cuando me has dicho que había ojos en todos lados me ha parecido una buena idea volver a casa por el camino largo” “Error” contestó deteniéndola en medio del pasillo “Si alguien te sigue y cambias tu rutina, sabrá que eres consciente de que tiene los ojos puestos en ti y eso hará que ataque de forma imprudente. Además, nunca dije que te siguiesen, sino que había ojos en todos lados. Sabes que todas las cámaras de la ciudad están conectadas a través de Internet para que los gobernantes puedan controlar a todos. Siempre hay ojos en todas partes”

Escuchar aquel argumento consiguió que se pusiera algo más nerviosa porque sabía que tenía razón. No podía cambiar sus hábitos de vida de un momento a otro y más sabiendo que estaba tan vigilada dentro de aquel lugar.

“Está bien” murmuró tras recapacitar “Volvamos a casa como lo hacemos siempre, pero quiero que estés pendiente de las señales que emiten las cámaras, sabes que puedes controlar si alguien tiene acceso a ellas y desde dónde. Y, ante todo, sé discreta. No quiero tener que desactivarte porque alguien se entere de que en realidad no eres una persona, por mucho que lo parezcas” “De acuerdo Elizabeth, seré todo lo discreta que pueda”

Si era sincera, aquel comentario no le tranquilizó lo más mínimo, pero no le quedaba más remedio que confiar en Alice y en su destreza para saltarse todos los cortafuegos que fuesen necesarios para saber si realmente alguien había modificado las cámaras de seguridad no solo del hospital, sino también de su despacho y de la sala de pruebas del área en la que trataban los trastornos del sueño.

Nunca antes el camino a casa le había parecido tan largo, tan desesperante. El comentario de Alice había sido cuanto menos inoportuno y no podía evitar estar alerta y a la defensiva hasta el punto de que cuando un niño chocó con ella por ir correteando con su hermano, todo su cuerpo se quedó rígido, tenso, como si fuese una cuerda de guitarra que estuviese a punto de romperse ante el más mínimo rasgueo. Ante aquel leve incidente, se obligó a calmarse. No podía parecer ante los demás tan nerviosa como lo estaba en realidad, porque pondría demasiado en peligro. Además, ella misma se había sometido a sus propios experimentos por lo que poseía un excelente control emocional. Sin embargo, nadie estaba preparado ante la idea de imaginar que alguien más podría estar tras sus propios pasos. Con la única esperanza de distraerse, se aferró al brazo a Alice y cerró los ojos, dejando así que fuese ella quien la guiase a través de las calles, indicándole en todo momento hacia dónde debía girar o qué pie debía levantar primero cuando tenía que subir nuevamente a la acera tras cruzar una bocacalle. Y, aquel juego absurdo, la transportó a Londres, a su infancia, a la casa de sus padres ya que fueron ellos quienes le enseñaron a caminar con los ojos cerrados por si en algún momento alguien le privaba de aquel sentido. Y, solo entonces, fue plenamente consciente de que sus padres siempre la estuvieron preparando para un futuro que llegó de forma inminente, sin que pudieran siquiera tratar de evitarlo.

Un suspiro largo, lento, lleno de nostalgia, se escapó de sus labios al evocar imágenes de su infancia. Al menos, la que ella había decidido recordar y mantener viva porque, desde la primera vez que experimentó consigo misma, supo que había algo oculto en lo más profundo de su cabeza y no se detuvo hasta encontrar qué era aquello que parecía estar apartado de todo lo demás, casi como si se tratase de un archivo de alta seguridad escondido en el mejor y más seguro ordenador de todos: su propia mente. Perdida en aquel hilo de pensamientos, de recuerdos, no supo que llegó hasta su propia casa hasta que Alice no se paró frente a la puerta, la cual abrió ella misma sin sospechar siquiera que había alguien apostado en el tejado, empapado de pies a cabeza y con el rostro oculto por unas gafas de visión nocturna, una máscara preparada para las bombas de gas y humo y un arma de franco tirador. Sí, Alice había acertado. Había ojos por todos lados solo que aquellos no eran detectables a través de su tecnología.
El interior de su hogar la recibió con un suave aroma a sándalo y una calidez similar a un abrazo. No le quedaría más remedio que reconocer que el paseo nocturno bajo el paraguas y el leve viento que transportaba la lluvia no habían sido para nada agradables. Pero, más que por el clima en sí, por su propia mente. Se notaba cansada, aturullada, como si necesitase que la ordenase nuevamente para así poner en claro una lista de prioridades. Con la idea de que tendría que ver lo que sucedía esos días por su subconsciente, se deshizo del abrigo que colocó sobre la percha de madera que había pegada a la pared, justo detrás de la puerta.

“Alice, iré a darme un baño. ¿Podrías prepararme una sopa o algo similar para cenar, por favor? No tengo demasiado apetito, pero sí necesito algo caliente” mientras hablaba, se deshizo de las cómodas botas negras que colocó con minuciosidad en el zapatero metálico que había pegado a la pared. Por muy británica que se sintiese, sus padres se habían encargado de que no perdiese determinadas costumbres de la cultura del país en el que nació porque no querían privarle de sus raíces. “Por supuesto, Elizabeth. Ve tranquila, cuando salgas tendré preparado algo delicioso para ti”

Una suave sonrisa se dibujó en sus labios ante aquella respuesta y, casi sintiendo la necesidad de ir a abrazar a su androide, se calzó las zapatillas de estar por casa y se fue desnudando por el camino, sin saber que alguien más seguía sus pasos. Ajena a ello, caminó a lo largo del pasillo que tenía las habitaciones y el cuarto de baño a los lados. El interior de la casa era amplio, y lo había decorado tan solo con lo necesario para vivir. Prefería una vida austera a una llena de lujos ya que todo el dinero que poseía lo había invertido en su investigación. Pero, aún así, la joven tenía dinero suficiente como para que no tuviese que trabajar, cosa que desestimó porque su único afán era el de intentar ayudar al mundo. Como era costumbre en ella, nada más llegar a la habitación en la que dormía se acercó al armario y lo abrió de par en par, sacando de este un pijama de raso negro que tenía la mangas decoradas con tintes asiáticos. No porque echase de menos sus raíces coreanas, sino porque el arte tradicional le parecía fascinante. Ya con él en la mano y sin más ropa que la interior, cruzó el umbral de la puerta y se encaminó al cuarto de baño con la única intención de darse un baño largo con el que relajarse. Y, por ese mismo motivo, cerró la puerta indicándole así al androide que no quería que le avisase pese a que la cena estuviese lista.

El agua caliente y con un leve aroma a rosas consiguió el efecto deseado en su cuerpo. Con el paso de los minutos, sus músculos se fueron relajando y, poco a poco, su cerebro se unió a ellos. Sabía que necesitaba desconectar, descansar de una forma diferente a la del resto de personas porque su mente viajaba tan rápido que podía conectar decenas de pensamientos en segundos. Sin embargo, aquella noche el sonido de la lluvia había sido el hilo conductor que le había permitido aislarse del mundo. Sumida en aquel relajante sopor, suspiró largamente y se pasó las manos por los ojos que cerró durante unos segundos, provocando con ello que la oscuridad la rodease en ese leve lapso de tiempo. Pero, para su sorpresa, cuando volvió a abrirlos se encontró completamente a oscuras, por lo que el latido de su corazón se aceleró de golpe. ¿Qué diablos habría pasado? El sonido de un trueno por encima de su cabeza le indicó que lo que había comenzado como una fuerte lluvia se había transformado rn una tormenta. Pero aquel no era motivo suficiente como para que su casa, dotada de un generador independiente de abastecimiento por si precisamente había un apagón, dejase de funcionar.

“Hay ojos por todos lados…”

“Siempre nos están vigilando…”

“Hay ojos por todos lados…”

“Doctora Byron, me alegro de que sus investigaciones sean tan fructíferas, pronto podrá ayudar a todo el mundo con ellas”

“Siempre nos están vigilando”

“Hay ojos por todos lados”

“Siempre… Hay …. Ojos…”

De repente, las palabras de Alice entrelazadas con el último comentario que le dijo su benefactor anónimo golpearon su cabeza provocando que la adrenalina se adueñase de su cuerpo. No podía ser casualidad el que aquel hombre le hiciese aquel comentario y que, como por arte de magia, un sistema electrónico mucho más avanzado de lo habitual, se desconectase. Temiendo moverse de la bañera pero siendo plenamente consciente de que necesitaba salir de allí, quitó el tapón del agua para así no hacer tanto ruido cuando se levantase de esta. Durante un instante, el instinto le hizo querer gritar, llamar a Alice y que ella la rescatase de aquel ataque de pánico ante el que poco a poco estaba sucumbiendo por culpa de la densa oscuridad que había en el cuarto de baño.

“Bien, Elizabeth, recuerda lo que tus padres te enseñaron, sabes orientarte, conoces la casa. Pero, sobre todo, no te pongas histérica es solo un apagón”

Sus propios pensamientos fueron interrumpidos cuando escuchó dos disparos dentro de la propia casa seguidos de un fuerte golpe metálico.

“¡Alice!”
Al ser consciente de su propia voz, se llevó las manos a la boca como si tratase de contenerse a sí misma. Ya no había duda, alguien había entrado en la casa y se había librado de Alice sin tener que esforzase lo más mínimo, cuando aquel androide no solo estaba programado para cocinar sino también para que la defendiese de cualquiera ataque. El sonido de pasos a su alrededor fue lo que le indicó que fuera quien fuere, se movía a sus anchas por la casa, por lo que pudo deducir que llevaría gafas de visión nocturna ya que, de lo contrario, podría ir tropezando con los pocos muebles que había dentro. Sin embargo, no estaba todo perdido. Si tenía la suerte de que solo llevase gafas de visión nocturna que no detectasen la radiación térmica podría esconderse dentro de algún armario en cuanto escuchase que los pasos se alejaban del baño. Pero, para eso, lo primero que tendría que hacer sería salir de la bañera, por lo que, sin reparar si quiera en que iba desnuda, se agarró al borde de esta para no escurrirse y salió con todo el cuidado del que fue capaz mientras contenía el aliento.

Ya fuera de la bañera, escuchó un sonido metálico caer nuevamente al suelo que provenía de su derecha. Aquel intruso estaba en la cocina, haciendo ruido para que saliese. Bien, seguiría su juego. Tras unos segundos, volvió a escuchar aquel escándalo por lo que sintiendo que el corazón se le podría salir por la boca, cerró la mano sobre el picaporte y lo bajó con tal lentitud que creía que nunca llegaría a moverse, pero, tras lo que se le antojó algo similar a una eternidad, la puerta finalmente cedió y, movida por el pánico, corrió hacia su habitación alertando así a quien había en la casa de que se había movido. Sin saber qué hacer al escuchar los pasos que sabía que estaban cada vez más cerca, buscó a ciegas la pistola que debía de estar en el primer cajón de la cómoda. Durante un segundo, llegó a creer que se había equivocado de habitación, pero cuando de repente un fogonazo de luz alumbró su desnudez, pudo ver al hombre que se había colado en su casa y cómo sostenía la pistola que debería haber estado en aquel cajón.

“¿Buscabas esto?”

Su voz estaba llena de indiferencia y ella lo único que podía hacer era temblar por culpa del pánico y, en aquel segundo, toda su vida comenzó a pasar ante sus ojos. Sin siquiera recordar haber vivido aquello, pese a saber que sí lo había hecho, se vio a sí misma en Corea del Norte, sentada en una silla a la que estaba maniatada mientras la obligaban a ver fórmulas matemáticas, físicas, químicas. Instrucciones para crear misiles nucleares, para programar y construir toda clase de artefacto electrónico. Los soldados con sus rifles de asalto vigilaban a los niños y se llevaban a los que comenzaban a llorar, agotados por el cansancio. Sin embargo, ella sabía que si quería vivir, tenía que ser fuerte, tenía que aguantar. No podía dejar que aquellos hombres supiesen lo mucho que le dolía el cuerpo o el frío que tenía porque ni siquiera podían ir al baño a hacer pis y les obligaban a que se lo hicieran encima. Aquella sensación de incomodidad la llevó a otra escena. Pero ya no estaba en Corea, sino en Londres, sentada delante de una chimenea mientras jugaba con su padre, un avión y una nave espacial. Aquel hombre y su esposa se convirtieron en su familia cuando los soldados de la ONU desmantelaron aquel campamento. Sin embargo, uno de los hombres que los acompañaba supo antes que nadie lo especial que era aquella niña que se negaba a hablar, por lo que se la llevó con él, siendo ella la primera persona sobre la que practicaría el borrado de memoria y la consiguiente sustitución de recuerdos por otros. Sin embargo, no salió tan bien como le hubiese gustado. La niña que ya tenía diez años soñaba con Corea, con los soldados, con las imágenes que veía y las interpretaba como pesadillas y, motivada por su propio padre, comenzó a estudiar todo lo referente al cerebro, a las ondas y a cómo estas afectaban el comportamiento de los impulsos neuronales. También vio cómo los agentes de una organización no gubernamental se los llevaron porque aseguraban que estaban en peligro. Desde los dieciocho años, Elizabeth continuó sus estudios en Berlín, Tokyo, y finalmente en Nueva York. Allí fue donde consiguió hacia ya un año la financiación necesaria para sacar adelante el trabajo en el hospital y poder mejorar las ondas y su comportamiento para que fuesen mucho menos invasoras que cualquier otro tipo de tratamiento. Y, ante su último descubrimiento, supo que pronto cambiaría el mundo. Había sido capaz no solo de encerrar los recuerdos y crear improntas invisibles haciendo que de es forma fuera imposible el borrar por completo la mente de una persona, sino que, además, era capaz de reproducir los pensamientos como imágenes por lo que sería imposible que ante un interrogatorio alguien puede mentir.

La última secuencia que llegó hasta ella antes de que su mente regresase a su propio dormitorio fue la de ella misma, hablando por teléfono con el hombre de voz afable a quien, con toda su inocencia y buena fe, le contó lo mucho que había avanzado gracias a él, quien le aseguró que se verían muy pronto. Aquel detalle, unido a las conversaciones que tuvo con sus compañeros de trabajo acerca de los secuestros bajo el nombre de Hydra, provocó que mirase al hombre que había ante ella impasible, sosteniendo con un brazo de metal un rifle de francotirador con el que apuntaba directamente a su pecho, mientras que con la mano derecha sostenía la pistola que le había robado y la interna con la que trataba de cegarla.

“Si vas a matarme, que sea rápido. No pienso colaborar con Hydra”

“Como quieras”

Aquellas fueron las dos últimas palabras que oyó antes de escuchar el sonido que emitió el rifle cuando lo disparó directo hacia ella, sin darle opción alguna siquiera a negociar su libertad, a negociar su propia vida.

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