Capítulo ∞ – 10

Las vtumblr_nrvy4uQdFp1s6l48do1_1280oces de las personas que hablaban de manera desenfadada en la sala de espera Platinum Club del Aeropuerto Internacional de Dubái-Al Maktoum se apagaron en el mismo instante en el que la locución de megafonía indicó que el vuelo con destino a Londres efectuaría su salida en media hora. Y, un par de segundos después, los pasajeros que esperaban ser embarcados en el avión conocido como Le Residence, se aseguraron de recoger todas sus pertenencias y comenzaron a salir de forma tranquila de aquella sala, decorada con elegantes sofás de terciopelo color arena, en la que algunos habían llegado a esperar hasta más cuatro horas a aquel avión que efectuaría su despegue con puntualidad británica.

Sin embargo, una de las personas que se había reunido en aquella sala no parecía querer estar dispuesta a abandonarla. De la manera más educada y correcta posible, Elizabeth Caroline Byron, fue dejando que el resto de pasajeros saliese antes que ella hacia la puerta de embarque que, posteriormente, cruzarían hasta llegar al finger que les conduciría al interior de aquel avión de lujo.

 

Nunca antes aquel trayecto que duró media hora desde el instante en que dieron el anuncio por megafonía hasta que finalmente cruzó la puerta del avión, se le había antojado a Elizabeth tan largo, tan desesperante, tan agobiante. Sabía que su miedo a volar estaba ahí, abrazado a ella como si se tratase de un niño pequeño el cual temiese separarse de los brazos de su madre, pese a que, antes de salir de casa, se hubiese tomado un diacepán de 5mg el cual no parecía querer hacerle efecto. Con la única intención de no dejar que la ansiedad se convirtiese en un ataque de pánico, comenzó a controlar su respiración, siguiendo las pautas que ella misma le indicaba a sus pacientes: “Tomamos aire durante tres segundos. Un, dos, tres. Lo retenemos otros tres, sintiendo cómo permanece dentro de nuestros pulmones antes de que lo vayamos soltando en otros tres pasos. Cuatro, cinco, seis.” Sin embargo, esa vez la respiración en seis pasos no estaba haciendo efecto, de la misma manera en que tampoco lo estaba haciendo aquel ansiolítico al que tan poco le gustaba recurrir.

 

Sin saber exactamente hacia dónde iban o, más bien, hacia dónde la guiaba aquella azafata menuda pero de facciones severas y firmes, recorrió el interior de aquel avión de lujo hasta que llegó finalmente a la que sería su habitación. Su padre, plenamente consciente de aquel “problema”, prácticamente le prohibió regresar a Londres en un vuelo comercial de aerolínea estandar. De hecho, si hubiera sido por él habría enviado el jet privado que usaba para viajar la familia junta cuando iban a veranear a España. Pero, como siempre, la madre de su progenitor se había negado a que usase aquel avión privado para ir a recoger a la mujer que para ella nunca formaría parte de aquella familia. Negando para sí, Elizabeth dejó escapar el aire a través de los labios entreabiertos y secos por culpa de los nervios. No sabía qué le estresaba más en aquel momento, si recorrer ocho horas sola en aquella habitación de hotel flotante o el saber que en un par de días tendría que asistir a una cena familiar para celebrar en cumpleaños de su padre.

 

El haber sido adoptada por aquel matrimonio británico había sido su salvación. Eso nunca lo había dudado. Pero el que la madre de su padre afirmase que prefería haber tenido un nieto bastardo antes que el tener a una nieta asiática, a su modo de ver la vida, le parecía excesivo. Ella solo era un bebé de quince días cuando sus padres la compraron. Porque sí, lo hicieron. Aquel orfanato aceptó una enorme suma de dinero por acelerar los trámites de la adopción y que de esa manera el joven matrimonio británico saliese de Corea del Sur con una niña a la que nadie aún se había molestado en darle nombre.

 

Negando para sí, se concentró en apartar todo aquello de su mente. El saber que volaría sola ya era problema suficiente como para, además, comenzar a imaginar hipotéticos escenarios de lo que sería aquella noche. Sin poder controlar un largo suspiro, se deshizo del abrigo y del bolso negro de mano que colocó en una butaca marrón a rayas que había a los pies de la cama. Desde luego, su padre debía haber pagado una fortuna por aquel dormitorio flotante. Con cierta curiosidad pero sin aliviar las mariposas negativas de su estómago, caminó cinco pasos hasta la cama y, una vez allí, se sentó y se deshizo de los zapatos negros de tacón que iban a juego con el bolso de mano. De forma inconsciente, se inclinó hacia adelante y se acarició el gemelo derecho. La tensión y el estrés que le causaba todo aquello había provocado que se le recargasen las piernas, por lo que lo único que quería era que las ocho horas se esfumasen para así poder llegar de una maldita vez al aeropuerto y que Thomas estuviese allí para llevarla a casa.

 

“Thomas”

 

El nombre se escapó de sus labios en forma de suspiro, y aquella evocación momentánea hizo que recordase algo: su móvil. Casi como si hubiera olvidado que estaba a bordo de un avión, se levantó de la cama y cogió el bolso que abrió apenas un instante después, sacando de su interior el teléfono color salmón junto con los auriculares blancos que había rodeándolo. ¿Cómo había podido olvidar aquello? ¿Cómo había podido olvidar que Thomas le había enviado un archivo de audio a su correo personal en el cual había más de diez horas su varonil voz leyendo poemas de escritores británicos. Como si hubiese recibido de repente un golpe de energía, Elizabeth se tumbó en la cama sin importarle demasiado que su vestido color beige se arrugase. Lo único pensamiento que había en su cabeza era descubrir qué poemas habría grabado aquel hombre al que hacía dos años que ya conocía y a quien nunca había llegado a ver en persona ya que ninguno de los dos había estado en Londres cuando había ido el otro.

 

La sonrisa que se dibujó en sus labios cuando dio al play fue seguida de un suave suspiro con el que exorcizó todos sus demonios. A veces, más de lo que le gustaría, se preguntaba cómo aquel hombre que había acudido a ella buscando ayuda profesional había terminado siendo alguien tan importante en su vida. De forma inconsciente, miró el anillo de oro blanco con diminutos diamantes engarzados en él y sonrió con suavidad. Todo aquel que lo veía creía que se trataba de un anillo de compromiso, pero cuán equivocados estaban. En efecto, aquella alianza que lucía en el dedo anular de su mano derecha sellaba un compromiso, mas no uno de amor, sino de algo mucho más intenso, más fuerte, más real. Aún con la sonrisa en los labios, cerró los ojos y se concentró en sentir su voz. Si se había tomado la molestia de grabarle aquello para que se relajase durante el vuelo y pudiese dormir, lo mínimo que podía hacer, era escucharlo.

 

“Buenas noches, mi querida Caroline. ¿Qué tal te encuentras? ¿Estás ya sola en tu dormitorio? Si es así, quiero que te levantes y cierres la puerta por dentro, no quiero que nadie nos moleste”

 

Un extraño nerviosismo acompañado de una temprana excitación recorrió todo su cuerpo. Solo en aquel momento comprendió el porqué de aquel comentario en su correo: “No puedes escuchar nade de esto antes de montar al avión, ni tampoco después. Solo puedes hacerlo una vez estés a bordo y te hayas instalado en la habitación que tu padre ha reservado para ti” Sí, ahora todo tenía sentido. Aquello no eran poesías, sino la más excitante sesión de dominación a distancia que hubiera vivido jamás. Thomas ni siquiera estaba delante, pero sabía que acataría cada orden que ella escuchase una vez activase la grabación. Incapaz de desobedecer, se levantó de la cama y caminó descalza hacia la puerta que bloqueó para que nadie pudiese irrumpir allí.

 

“Bien. Ahora que ya has cerrado…”

 

¿Tanto la conocía como para saber que lo había hecho?

 

“…quiero que te deshagas de tu ropa y te metas en la cama totalmente desnuda. Solo puedes conservar el anillo y las joyas en el caso de que lleves algunas, eso no me molesta. Al contrario, me fascina cómo resalta la delicada gargantilla dorada que llevas siempre a juego con la pulsera que luces en la mano izquierda. No tengas prisa, mi preciosa Caroline. Pausa el audio y tómate todo el tiempo que necesites para hacerlo. ¡Ah! Una última cosa. Creo que te conozco lo suficiente como para saber que tienes un par de juguetitos contigo, por lo que quiero que saques la bala rosa y el vibrador morado. En el caso de no hayas podido llevar lubricante en cabina, no te preocupes. Te aseguro que no lo vas a necesitar. Ahora, quiero que me pauses, que te desvistas, y te tumbes en la cama con los juguetes cerca”

 

Apenas un instante después de detener su voz y quitarse los auriculares, se llevó las manos al rostro y sintió cómo ardía su piel ¿Estaría acaso roja? Seguramente sí, pero no se atrevía ni a mirarse en el espejo que había sobre la cómoda por miedo a confirmarlo. Con las manos levemente temblorosas por la excitación, se bajó la cremallera que había en el lateral izquierdo del vestido y se deshizo de este con cuidado. Al menos ahora no se arrugaría. Sin poder contener una sonrisa infantil ante aquel pensamiento, lo dobló con cuidado y se deshizo de la ropa interior, la cual colocó sobre el vestido, quedando finalmente desnuda. Ahora, solo quedaba buscar los juguetes, por lo que con paso seguro, se acercó hacia la maleta de mano que siempre iba con ella en sus viajes y la abrió con rapidez, teniendo cuidado de no descolocar mucho lo que había en ella y, una vez dio con el neceser rosa en el que llevaba los vibradores que él mismo le había comprado a través de internet, sacó de su interior la bala rosa y el consolador morado de silicona, ignorando el pequeño bote de lubricante con sabor a chocolate.

 

“Hola de nuevo mi preciosa Caroline. Ahora que supongo que estás desnuda y dentro de la cama, quiero que separes las piernas un poco, lo justo como para estar cómoda. ¿Estás ya lista, mi preciosa Caroline? Bien. Ahora, no tengas prisa. Tócate para mí, hazlo como si estuviese al otro lado de la pantalla del ordenador. Deja que sus dedos se deslicen por tu cuello, por tu pecho, juega con tus pezones y endurécelos como sabes que me gusta. Primero, rózalos suavemente con el canto de esas preciosas uñas que tan bien cuidas y, en cuanto sientas que se van endureciendo, apriétalos con el pulgar y el dedo índice. Hazlo de forma intermitente, lenta, prolongada, siente la presión sobre estos cada vez que lo hagas pero no dejes que llegue a doler. No, mi preciosa Caroline. No quiero que nada te pueda causar el más mínimo dolor.”

 

Su voz se fue adentrando en su mente como si se tratase de un sedante y un afrodisíaco al mismo tiempo. Si era totalmente sincera, lo último que esperaba era que se hubiese molestado en hacer aquella grabación para ella, y que así se olvidase de dónde estaba y de la ansiedad que le producía subirse a un avión. Y, en lo más profundo de su ser, le estaría eternamente agradecida por haberlo hecho por y para ella. Totalmente concentrada en su voz, dejó que sus dedos explorasen su cuerpo y jugasen con él. Tal y como le había especificado, jugó con sus pezones sin saber qué le excitaba más en realidad, si su voz, su acento británico neutro y perfecto o sus propias manos apretando ahora sus pechos al tiempo que dejaba escapar un gemido que acalló mordiéndose los labios.

 

Aquel detalle evocó otro: la primera vez que hablaron de cómo la muerte de la hermana pequeña de Thomas había afectado en la relación que tenía con su ahora ex pareja. Sin saber cómo, aquel hombre nueve años mayor que ella acabó narrando sucesos relacionados con su vida sexual secreta. De lo que le gustaba hacer y de lo que sentía haciéndolo. Y, ella, de manera irremediable, se había ruborizado hasta la raíz del pelo cuando le explicó con todo lujo de detalles cómo había sido el último encuentro sexual con aquella mujer rubia y cómo tuvo que detenerlo porque todo, sin saber cómo, le recordaba a Joanne y a su muerte. Tras varias sesiones hablando de ello, una noche Thomas la llamó a su número personal, el cual le había facilitado tan solo en el caso de que tuviese una emergencia.

 

Las palabras de aquel hombre adentrándose en su mente aquella mañana todavía latían dentro de su propia cabeza, y era plenamente consiente de que nunca las olvidaría. Nunca imaginó que el educado y prudente Thomas tuviese dentro de sí ese poder, esa oscuridad que ella consideraba como algo tabú, como algo terrible y que solo los depravados hacían. Al notar su consternación a través de la vídeo llamada, aquel hombre lo único que pudo hacer fue sonreír y negar con suavidad. En parte, había esperado aquella reacción y estaba preparado para ella, por lo que comenzó a detallarle cómo él vivía aquella disciplina.

 

Nunca supieron las horas que estuvieron hablando aquel día. La diferencia horaria resultó ser algo que ignoraron y, pese a que en Londres fuesen las doce de la noche y el Seul las ocho de la mañana, ninguno de ellos salió de su dormitorio al menos durante las seis horas siguientes. Con la paciencia que solo los grandes sabios poseen, Thomas llenó su cabeza de información, de citas, de textos, de fotografías que, poco a poco, fueron haciendo que el miedo se convirtiese en una curiosidad que no cesó con el paso de los días. Poco a poco, las sesiones en las que Thomas hablaba acerca de su hermana, de su familia, fueron tornándose más oscuras, más íntimas, hasta que finalmente y tras mucho debatir consigo misma, Elizabeth le pidió que le enseñase parte de su mundo. Su teoría era que si le conocía de esa manera podría ayudarle de una forma más directa.

 

 

Un nuevo gemido se escapó de su garganta provocando que regresase a la habitación, a aquel audio y se olvidase de las conversaciones que mantuvo con Thomas hasta que la primera sesión como tal llegó a tomar vida. Lo que había comenzado con un “Vamos a ir muy despacio lo único que quiero que hagas ahora es que te desnudes para mí frente a la cámara” había terminado convirtiéndose en algo mucho más intenso, más íntimo, más personal. Tanto que pese a no haber tenido en encuentro real en un año, Thomas era capaz de guiarla al orgasmo con unas pocas pautas. Sin embargo, esa vez no fue así. Se entretuvo en grabar cerca de diez horas de audios para ella, en los que dejaba que volase no solo su propia imaginación sino la de la joven que ahora movía dentro de sí el vibrador apagado, siguiendo el ritmo exacto que Thomas le marcaba cada segundo.

 

“Deja que entre en tu cuerpo, sácalo. Espera un par de segundos y hazlo de nuevo. Bien mi preciosa Caroline. Aparta el dedo de tu clítoris endurecido y lleva esa mano al cabecero de la cama. No quiero que te toques. Solo te penetrarás con el vibrador pensando en mí, en que soy yo quien lo hace. Que soy yo quien está dentro de ti, moviéndose despacio, hasta el fondo de tu cuerpo ¿Lo sientes? ¿Me sientes? Porque yo a ti sí, estás caliente, empapada y te contraes contra mí con fuerza, casi como si no me dejases seguir avanzando a lo largo de tu cuerpo. ¿Buscas acaso retenerme y que llegue al clímax contigo? Si es así, suéltame y deja que esta vez me mueva con rapidez, dejando que tan solo la punta de mi erección entre en ti y roce la entrada de tu cuerpo. Se siente tan bien mi pequeña Caroline. ¿Te gusta? No hace falta que contestes, sé que te encanta, por lo que vamos a parar un poco y lo único que voy a hacer ahora va a ser quedarme quieto dentro de ti, por completo, pudiendo así mover en círculos las caderas con la única intención de sentir tus paredes de nuevo aprisionándome ¿Me castigas por no dejar que disfrutes de un nuevo orgasmo? Está bien, seré benevolente esta vez y comenzaré a moverme con fuerza dentro de ti, hasta llegar al fondo, hasta hundirme en ti por completo tan solo para salir, esperar un par de segundos y volver arremeter con la misma fuerza. Yo también quiero llegar a ese momento contigo Caroline, por lo que vamos a disfrutar juntos…”

 

De forma automática, como si llevase haciendo aquello toda una vida, fue capaz de mimetizar todas y cada una de aquellas explicaciones que habían provocado que se corriese cinco veces en aquella cama que estaba totalmente deshecha porque no había soportado ni quince minutos con el cuerpo oculto bajo la sábana. Y, mucho menos lo había hecho cuando le ordenó que se masturbase con la almohada, como si cabalgase sobre ella. Agotada por culpa de aquella intensa sesión, comenzó a rozar su sexo muy suavemente, siguiendo instrucciones mientras escuchaba los gemidos de aquel hombre. Sabía que se estaba tocando, siempre lo hacía delante de ella para que viese lo mucho que le gustaba lo que ella le enseñaba. Sin molestarse en contener los gemidos, tembló de pies a cabeza cuando escuchó a través de los auriculares cómo Thomas llegaba a su orgasmo alcanzando ella el suyo una vez más. Y, como ocurría en cada nueva sesión, deseó poder sostener su rostro con ambas manos y beber su aliento directamente de su boca. Porque, por mucho que ella misma tratase de convencerse de lo contrario, aquel hombre había conseguido mostrarle un mundo nuevo, una parte desconocida de sí misma que tan solo aparecía cuando hablaba con él. Una nueva Elizabeth libre que era capaz de disfrutar de su propio placer sexual como nunca antes lo había hecho