Capítulo ∞ – 8

telón de boca y escenarioAviso: El texto trata acerca de una mafia que se dedica al tráfico de menores. No hay ninguna referencia sexual explícita, pero sí implícitas, por lo que no es apto para personas sensibles en este tema. Con ello no quiere decir que esté a favor de la pederastia, pero sí siento una gran admiración por la novela de Nabokov, Lolita, por lo que ese género literario sabiendo que es solo eso, ficción y algo no tolerable en la vida real, me resulta atractivo para el estudio de la psique humana.

En cuanto se detuvo la limusina negra de cristales tintados, esperó con total tranquilidad a que el conductor saliese del coche y fuese a abrir la puerta por la que salió como si se tratase de una estrella que fuese a incorporarse esa noche en la Alfombra Roja. Sin embargo, Dalnara distaba mucho de ser una reconocida actriz estadounidense. No, aquella mujer había sido invitada a La Casa y, por lo tanto, ni siquiera ella misma debía de conocer el acceso a ella.

La Casa, también conocida como Luna Roja, era una mansión que se ubicaba en alguna parte desconocida de Japón entre las prefecturas de Tokyo y Yokohama, pero casi nadie tenía conocimiento alguno acerca de su existencia. Tan solo unos cuantos privilegiados sabían lo que ocurría allí y el ingreso a nuevos miembros tan solo ocurría una vez cada muchos años y siempre era a través de herencia.

El que Dalnara recibiese una llamada de teléfono anónima indicándole que su marido le había dejado una “herencia” que nadie a excepción de ella no le sorprendió en absoluto. La elegante mujer de treinta y cinco años conocía a la perfección a aquel hombre. Antes de ser su marido, había sido su mejor amigo y, ambos, habían encubierto todas y cada una de sus aventuras amorosas ya que poseían gustos un tanto peculiares en cuanto al sexo se refería.

Él, tan educado como lo hubiera sido un caballero de su añorada Inglaterra tenía un maravilloso fetiche por los niños imberbes y que no llegasen a la mayoría de edad. Sin embargo, Dalnara nunca supo cómo cada dos o tres años, su marido sustituía a aquellos niños una vez llegaban a cumplir los veinte años. Si era sincera, sentía curiosidad al respecto, pero creía que no era de su más mínima incumbencia ya que uno de los pactos que hicieron antes de llevar a cabo aquel matrimonio acordado fue el de nunca preguntar nada acerca de la procedencia de sus sumisos.

Nadie en las familias de ambos habrían sospechados que ambos disfrutaban de aquella disciplina, de poseer bajo su mando y total control a hombres y mujeres de su mismo sexo ya que, de cara a la sociedad, los Uchida siempre fueron el matrimonio perfecto que vivía en una perfecta armonía. Ella, hija de empresarios británicos. Él, primogénito de una larga estirpe de aristócratas japoneses se unieron en santo matrimonio hacía ya catorce años, cuando supieron que la única forma que tenían de disfrutar su vida era la de ocultarse, ofrecer una mentira de cara a los demás mientras que entre ellos convivía la cruda realidad.

Los dos se querían, de eso nunca hubo duda alguna. Llegaron incluso a compartir cama y a disfrutar de sus cuerpos con una satisfacción liviana que servía para calmar los momentos de necesidad cuando veraneaban en la casa de los Uchida en la isla de Yokohama. Todo era perfecto en sus vidas hasta que aquel hombre murió consumido por un cáncer que le mantuvo en un sin vivir cerca de dos años.

Poco después de su muerte, aquella llamada llegó hasta ella como la resolución de todas sus dudas. Su difunto marido, su mejor amigo, pertenecía a un club selecto que se dedicaba a la compra venta de menores antes de que estos se subastasen en los mejores burdeles de lujos para empresarios pederastas, los cuales, en su mayoría, desconocían que existía La Casa.

En cuanto Dalnara dio un primer paso sobre aquel suelo de mármol supo que estaba hecha para aquel lugar y que, irónicamente, el nombre de “La Casa” era perfecto para denominarlo. Sobre las paredes lucían exquisitos cuadros que detallaban determinadas prácticas dentro del mundo de la dominación y que se intercalaban con obras de arte de pintores de la talla del Greco. Altamente satisfecha con lo que iba descubriendo a su paso, se dejó llevar a lo largo de un largo pasillo hasta lo que era la sala principal. Allí, encontró a diez personas, cinco hombres y cinco mujeres, que podrían elegir a quien sería su nuevo juguetito. Sin embargo, ellos no serían los primeros en elegir. No, el protocolo determinaba que el nuevo miembro tenía el privilegio de escoger a quién se llevaría a casa como muestra de cortesía y aceptación.

Ya en la sala, la mujer rubia que lucía un elegante vestido blanco de cola que dejaba al descubierto toda la longitud de su espalda, fue saludada por todos y cada uno de los presentes, quienes le dieron el pésame no por la muerte de su esposo, sino de su mejor amigo. Aquel detalle fue el que le hizo saber que él había hablado acerca de ella a sus colegas y que, por lo tanto, aquella llave de oro macizo había pasado a ser suya gracias a su recomendación. Agradecida en su fuero interno por aquel detalle que no habría sido necesario tener para con ella, se presentó a cada uno de los presentes mientras degustaba una copa de un delicioso cava francés con un leve aroma afrutado.

Sin embargo y pese a la tranquilidad que mostraba, la curiosidad recorría cada poro de su piel. Quería saber quiénes se ocultarían bajo la gruesa cortina de terciopelo rojo que recorría lo que parecía ser un escenario de teatro adaptado a aquel enorme y exquisito salón que olía levemente a incienso y que poco a poco consiguió mitigar aquella necesidad por ir a correr ella misma la cortina. Aunque supuso que el ritual en sí comenzase a medianoche fue lo que logró calmarla ya que no había nada que ella pudiese hacer para adelantar el tiempo.

Entre comentarios jocosos pero completamente discretos, las dos horas que faltaban para el comienzo de la media noche se hicieron livianas, casi rápidas. Sí, definitivamente allí se sentía como en casa, rodeada y acogida por aquellos cinco hombres y cuatro mujeres que conformaban lo que eran los clientes privilegiados de aquella mafia que tenía tan bien organizado todo que ni siquiera los propios invitados sabrían localizar la ubicación en la que se encontraban ya que las limusinas no solo tenían las lunas tintadas para que desde el exterior no se identificase a sus ocupantes, sino para que desde el interior no se pudiese saber por dónde esta iba avanzando.

Las mágicas doce campanas dieron el fin a las conversaciones que había en el salón y, mientras iban avanzando, el grueso telón de terciopelo se dividió en dos, mostrando con ello los cuerpos desnudos y maniatados de cerca de treinta adolescentes que tenían los ojos cubiertos por un cobertor de raso negro que les impedía ver el rostro de las personas que había allí, y, de los cuales, tan solo diez, saldrían de allí esa noche. Los demás, serían llevados a clubes o subastados por internet pero no tendrían la suerte de encontrar a unos dueños tan exclusivos ni poderosos a nivel económico y social como las diez personas que se encontraban en aquella sala. Tal y como el protocolo estipulaba, varias manos indicaron a Dalnara que se adelantase y se acercase al escenario, al que descubrió que podía acceder a través de una escalera de madera que desembocaba en el lateral derecho de este. Con los nervios a flor de piel y una capa de cava en la otra, se presentó en el escenario y lo recorrió contemplando al hacerlo los traseros desnudos de aquellos adolescentes que, por lo que le habían explicado, estaban clasificados por edades y por experiencia sexual práctica ya que todos y cada uno de ellos habían sido entrenados desde pequeños para acatar la más mínima orden que recibiesen.

Lo que para ella fue el equivalente a varios segundos, en realidad fue el paso de varios minutos en los que estuvo contemplando con minuciosidad a todos y cada uno de aquellos jóvenes, ordenándole a los varones que se agrupasen a un lado ya que buscaba a una niña para sí. Al ver el rango de edades, todos y cada uno de ellos llevaban un collar con una placa identificativa donde estaba escrita su edad. Si la placa era rosa en el caso de las mujeres y azul en el de los hombres, quería decir que aún eran vírgenes y, por lo tanto más caros. Sin embargo, para fortuna o desgracia de los invitados tan solo había una mujer virgen entre las que se ofrecían: una japonesita que según rezaba su collar, tenía tan solo dieciséis años y, la belleza de esta, logró que Dalnara se encaminase hacia ella con los ojos levemente entrecerrados y la decisión dibujada en sus pupilas. No quedaban dudas para ella, la joven de suaves facciones que se mantenía erguida como muestra de orgullo y no levemente encogida como el resto de chicas había cautivado por completo su atención. Y, durante un segundo, se imaginó lo que sería aquel cuerpo situado de rodillas besando sus carísimos Manolo Blanhick hechos especialmente por encargo para ella.

Sin saber cómo debía proceder, miró hacia las personas que había en la sala pero antes de que le diese tiempo a abrir la boca, dos hombres ataviados con sus uniformes de mayordomo, se acercaron a la joven y la asieron por los brazos, levantándola así en vilo.

“¿Desea algún tipo de ropa especial o prefiere llevarla desnuda a su mansión, Sra. Uchida?”

Aquella pregunta logró que suspirase por puro deseo ya que recordar que tenían una maravillosa hora en la que “conocerse” logró que la respuesta se dibujase no solo en su mente sino también en sus labios.

“Desnuda y con los ojos aún vendados, por favor. Ah, si fuese posible, me gustaría que se le diese un baño nuevamente y se le rasurase el vello púbico. Una vez lista, llévenla al coche y déjenla allí”

Tan solo un asentimiento por parte de uno de ellos bastó para indicarle que aquellas órdenes se llevaría a cabo, por lo que, completamente satisfecha, bajó del escenario observando como los jóvenes, pese a estar cegados, se alineaban con cuidado de no caerse ni golpearse los unos a los otros. De vuelta con el resto de invitados, fue felicitada por aquella elección además de ciertamente envidiada por haberse hecho con el único ejemplar virgen de aquella remesa.

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