Capítulo ∞ – 1

tumblr_nkgk5ylwIr1riij71o1_1280El humo que inundaba aquella sala mezclado con el color rojo que desprendían algunas bombillas conseguía darle un toque tan íntimo como erótico a aquel lugar. No recordaba la última vez que había puesto un pie allí, pero sí que recordaba con quién, por lo que, de forma inconsciente, viajó en el tiempo hasta visualizarse a sí misma en el segundo exacto en el que cruzó por última vez la enorme puerta de madera que tan solo unos privilegiados habían tenido la ocasión de traspasar. Vestida de impecable negro, al igual que aquella noche, se adentró en la sala escuchando como, al hacerlo, tenues jadeos de asombro se escaparon de un par de jóvenes que la reconocieron.

Pese a que para ella hubiese pasado casi toda una vida desde la última vez que estuvo allí, en realidad, había pasado tan solo medio año. Obligándose a ignorar las miradas que recorrían su silueta envuelta en un elegante vestido encorsetado negro de tintes góticos, caminó hasta la barra redonda desde la que podría vislumbrar a todos y cada uno de los presentes. Sabía que estaba buscando algo, pero no el qué, por lo que optó a que el tiempo dejase que ese algo, o alguien, se manifestase ante ella.

Al contrario que el resto de invitados, Alice se atrevió a pedir una copa. Sabía que no habría nadie en su cama esa noche por lo que podía permitirse el lujo de nublar sus sentidos con aquel líquido rojizo que paladeó sin prisa, degustándolo con la misma parsimonia que si lo estuviese bebiendo directamente de la piel de alguien y, una vez se calentó en su boca, lo tragó con cuidado de que la granadina no se cerrase en su tráquea. Ya había sido experiencia suficiente el sentir cómo se ahogaba una vez por culpa de su propia imprudencia.

Copa en barra y ojos levemente entrecerrados, buscó en el diminuto bolso de mano la pitillera de metal negro en la que guardaba tanto su boquilla favorita como aquellos cigarros con sabor a vainilla que tanto le gustaban. Aquel tabaco era el que fumaban los adolescentes que querían sentirse mayores, rebeldes, dueños del mundo, pero, a la mujer de pelo negro y rasgos asiáticos le recordaba a él, al aroma que quedaba impregnado en su piel una vez retiraba con una toalla húmeda los restos de la cera que había esparcido por su cuerpo desnudo y tan solo por la carencia de ropa mas no de tatuajes.

El recuerdo de sus brazos musculados rodeando sus caderas provocó que cerrase los párpados un breve instante en el que toda ella tembló. Elliot había sido el único hombre que había conseguido volverla completamente loca hasta el punto de casi rogarle que la tomase contra la mesa del salón, la encima, la pared o incluso contra la cama, asfixiándola contra el colchón ante el peso de su cuerpo tendido en el suyo.

Maldito Elliot y su sabor.

Maldito Elliot y sus manos.

Maldito Elliot y su boca llevándola a un orgasmo lento e intenso con el que creía convertirse en algo similar a la nata batida.

Maldito Elliot …

El recuerdo de aquel hombre y la añoranza por sentirlo de nuevo consiguió que su mente le jugase una mala pasada cuando, tras dar un barrido por la sala, creyó ver una mano derecha desnuda, tatuada, cubierta de aquel extraño símbolo que recorría el dedo corazón y que era el compañero de varias palabras en ruso.

Con la misma certeza con la que uno sabe que, de forma irremediable, algún día morirá, Alice sabía que aquel hombre que estaba postrado en el suelo, de rodillas, inmóvil y sujeto de una forma horrible a la cadena de una correa de metal que terminaba en un asidero de cuero verde chillón, era Elliot. Pero, lo que era incapaz de comprender, era qué hacía esa cadena enredada entre los dedos de una mano pequeña, frágil que pertenecía a una mujer que apenas sí había salido de la máscara de la adolescencia y que iba vestida de colores fluor, desentonando con todos los amos y dómines que había en aquella sala que siempre había considerado un lugar de refugio para los que eran como ella.

Al ser consciente de lo humillada que se sentía, lo único que pudo hacer fue darle una calada al cigarillo. Pero, tal fue su ímpetu, que estuvo a punto de no ser capaz de contener la tos que amenazó con brotar en lo más profundo de su garganta por culpa del humo excesivo que había entrado en sus pulmones, quienes no esperaban tampoco recibirlo. Tras dos segundos que se le hicieron eternos, Alice, había tomado su decisión. Pese a saber que lo correcto no era lo que iba a hacer, se terminó casi de un trago el vodka que golpeó su frente con fuerza, nublando con ello sus sentidos durante dos segundos que fueron suficientes para que comenzase a caminar con paso firme hasta la joven vestida con aquel horrible vestido chillón, hasta él.

En el mismo segundo en que sus ojos, casi negros, se cruzaron con los iris marrones algo más allá de los términos físicos llenó el ambiente. Nadie podría haber sabido si se trataba de deseo, de arrepentimiento, de humillación o sencillamente de la sensación de haber vuelto a casa después de un viaje infinito. Sin embargo, pese a saber con total certeza que se habían reconocido y que Alice reclamaría lo que siempre fue suyo, la espera fue demasiado larga, pero, cuando la imponente mujer que con aquellos tacones de salón rozaba el metro ochenta pronunció aquella palabra que sería capaz de abrir una jaula llena de candados, el gesto de sorpresa de la joven japonesa fue tal que hasta el barman que iba a servirle una cerveza, prefirió retirarse de ellas.

“¿Qué has dicho?”

La voz casi infantil de la joven de pelo sintético que iba en una gama entre el verde y el azul se le antojó chillona, desagradable y al imaginarla mezclada con la de Elliot casi creyó sentir nauseas.

“Amanecer”

Pese a no mirarle, pudo sentir el estremecimiento del cuerpo de Elliot quien aún mantenía su posición, mirando las puntas de sus zapatos ahora que se había posicionado frente ella, seguramente de forma inconsciente.

“¿Lady Alice?”

Escuchar su nombre en forma de aquella pregunta tan solo provocó que se sintiese viva de nuevo. Sí, sabía quién era. Y eso lo único que le adelantaba era que Elliot había hablado de ella con aquella niña que ahora se veía más joven, más insegura encogida sobre sí misma. Sin embargo, lo que creó una mayor satisfacción en todo su cuerpo fue el ver, casi como si fuese una película a cámara lenta, cómo aquel hombre que ahora tenía el rostro oculto bajo una máscara de cuero que tan solo dejaba que se vislumbrasen sus ojos, caminaba a gatas hacia ella hasta que quedó tan cerca de su cuerpo que, en el mismo instante que se incorporó sobre sus rodillas, fue capaz de abrazarse a su cuerpo con fuerza, casi como si buscase con ello refugiarse en los brazos de su madre.

El siguiente movimiento de Alice fue claro, firme, directo. Sin dudarlo ni un solo segundo llevó las manos al borde de la cremallera que había en la nuca de aquel hombre y, con cuidado, la fue abriendo encontrando a su paso el pelo rubio que ella misma le había pedido que se dejase crecer. Libre de aquella máscara que dejó sobre la barra del bar se le veía cansado, casi como si hubiese envejecido cerca de diez años pese a que siempre había parecido mucho más joven de lo que era en realidad. Casi de forma inconsciente, los dedos de Alice se perdieron en la longitud y en la suavidad de aquellas hebras teñidas a rubias que tanto le había gustado acariciar. Parecía que los dedos buscasen enredarse en ellas o, más bien, que ellas buscasen entrelazarse con los dígitos que se doblaban de forma lenta, casi tierna.

“¿Has sido un niño malo Elliot?”

Sentirlo temblar en sus brazos al tiempo que notaba cómo su pecho se hinchaba a manos de un suspiro tan solo provocó que llevase ambas manos a su rostro y lo alzase hacia sí, queriendo admirarlo una vez más, pese a que conocía aquellas facciones de memoria. Tanto así, que sabía que podría llegar a dibujar un retrato perfecto de aquel hombre a poco que se lo propusiera.

“¿Mami tiene que castigarte?”

Que cerrase los ojos al tiempo que separaba los labios logró que sonriese. Sin embargo, no entendía por qué no hablaba. ¿Le habría dado acaso la orden aquella niña que ahora la miraba con odio, casi como si le hubieran arrebatado su juguete más preciado?

“Puedes hablar, Elliot, sabes de sobra que me fascina escuchar tu voz”

La sonrisa que ahora se dibujó en aquellos labios que se acercaron a besar su bajo vientre consiguió que fuese el cuerpo de Alice el que se estremeciese. No sabía si con aquel gesto se estaba rebelando buscando un castigo o si por el contrario era algo sincero que había nacido de lo más profundo de él. Aún con los dedos enredados en su pelo, observó como se pegaba a su cuerpo, como si buscase el fundirse con ella nuevamente y, aquel gesto, fue lo que le reveló que no buscaba un castigo sino a ella que, sabiéndose incapaz de dejarle con aquella horrenda correa, llevó ambas manos hasta el lazo que había en su cintura y que de forma hábil desató, sacando así la tira de raso de cada uno de los ojales en los que estaba enredada.

“Quieto”

Aquella fue una orden firme, autoritaria. No quería que huyese de nuevo de ella, de su cuerpo, de sus manos, de su boca, de los pies de su cama, pero tampoco quería que luciese aquella correa color verde fluor. Con más cuidado del que ella misma esperaba, abrió la correa de cuero que tenía al cuello y la dejó en el suelo cuando se puso en cuclillas ante él. En silencio y como si estuviese llevando a cabo un riguroso ritual, le pasó el lazo de raso al cuello tras haberle hecho un nudo corredizo y, cuando se aseguró de que estaba bien puesto, se levantó al tiempo que tiraba suavemente de él, indicándole así que se levantase con ella.

“Es hora de ir a casa, estoy cansada”

Sin que fuese necesaria una sola orden, aquel hombre comenzó a caminar con ella, siendo tan consciente como ella de que por fin, podrían volver realmente a casa.